Sparrows

Han querido los hados, tan caprichosos, que la película islandesa Sparrows aterrice en mi ordenador justo al mismo tiempo que leo, a salto de mata, porque ando sin tiempo ni energías, las andanzas de John Carlin en esa isla que ya es mítica en lo futbolístico, y ejemplar en todo lo demás. El libro lleva por título Crónicas de Islandia, y por subtítulo, El mejor país del mundo. "Lo más parecido a una utopía bajo el sol", dice el bueno de John Carlin, que escribe páginas y páginas buscando una tara, una vergüenza, una fosa séptica escondida bajo ese jardín florido de progreso social y orden económico. Y no termina de encontrarla. De tal modo que al final de su aventura, tras decenas de entrevistas con islandeses de todo pelaje, desde ministras del gobierno a pescadores del bacalao, John Carlin se autoproclama islandés de adopción, y evangelista de su modo de vida. Islandia es, en efecto, el paraíso de la mujer liberada, del estado del bienestar, de la monogamia sucesiva que no conoce la culpa ni el pecado, pues allí los curas siempre lo tuvieron crudo con los paganos ancestrales. Islandia, además, trascendido ya su pasado agropecuario, bulle de creatividad en todos los sectores de la economía, y aquello es como la meca actual de los ingenieros, de los biotecnólogos, de los diseñadores de esto y de lo otro.



    Pero a Sparrows, la película, aunque transcurra en tierras islandesas, todo esto se la trae un poco al pairo. Su relato es más íntimo, más pesaroso, lejos de las luces modernistas y molonas de Reikiavik. Ari, su protagonista, es un adolescente que ha de pasar el verano con un padre al que hace años que no ve. Y su padre no es, precisamente, un islandés modélico ni sofisticado. Es, más bien, un borrachuzo con arranques de ira que malvive trabajando en una factoría de pescado, en el quinto pino que plantaron los vikingos cuando llegaron a la isla. No todo el monte es orégano, al parecer, lejos de la capital. El pueblo huele a pescado, los adolescentes se cuecen en los botellones, y el amor de toda la vida de Ari, la preciosa Lara, se ha decantado por entregar sus besos a un matón de los que te encontrarías en cualquier lugar del mundo, en Moratalaz, o en Ponferrada, muy lejos de la mística del escandinavo civilizado.



    El pueblo de Sparrows es, para resumirlo, un pueblo de mierda, y el pobre Ari, como un condenado que tacha palotes en su celda, cuenta los días del calendario para escapar de allí y regresar a casa de su madre. Ahora vete tú y dile, al pobre chaval, después de leer el libro de John Carlin, que está viviendo en "la utopía bajo el sol". Como poco te mete una hostia y te deja en el sitio. Porque Ari, además, para terminar de redondear el verano, y hacerse un hombre según el código honorable de los vikingos, ha de trabajar en la misma fábrica de pescado donde su padre languidece, y está echando unos músculos en los brazos de meter miedo. Mientras sus colegas disfrutan del sol sempiterno de los boreales, él se ducha y se reducha al salir del curro para eliminar el pestazo del pescado, que le resta muchos puntos cuando le invitan a las parties y a los saraos. Islandia: El mejor país del mundo... Hay que joderse, piensa Ari. 


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