Me siento rejuvenecer

Cuatro siglos después de que Ponce de León buscara la fuente de la juventud en la península de Florida, el Dr. Barnaby, en la otra costa de los americanos, mezcla sustancias en su laboratorio para dar con la fórmula mágica que detenga al envejecimiento. El Dr. Barnaby lleva gafas de culo de vaso, tiene despistes propios de un genio, y luce la elegancia británica de Cary Grant en una de esas películas tan antiguas como entrañables. Su esposa, Ginger Rogers, que es una mujer chapada a la antigua, vive entregada al bienestar de su marido, y aunque anda por casa siempre vestida para una fiesta -porque en aquellas películas sucedían esas cosas tan fascinantes como ridículas- lo suyo es preparar sopas y planchar camisas para que el doctor no se pierda ni un segundo de sus hondas reflexiones. Ella, en cierto modo, aunque esté tan poco empoderada, tan poco liberada de su yugo, también trabaja para la ciencia y para el progreso.



    El título original de la película es Monkey Business porque al final es un chimpancé, y no el doctor Barnaby, el que da con la síntesis exacta de la poción, mezclando al azar varias sustancias que reposan en los tupos de ensayo. Las probabilidades de que esto suceda son aritméticamente inconcebibles, como si el mismo mono, sentado al piano, interpretara la novena sinfonía de Beethoven con todas sus notas y toda su carga emotiva. Pero estamos en una screwball de aquellas que bordaba Howard Hawks, y los espectadores entramos en el juego con tal de ver a Cary Grant haciendo el payaso, y a Marilyn Monroe -que hacía sus pinitos, y lucía sus palmitos- enseñando pierna gracias a las medias irrompibles hechas de acetato. Lo de ver a Ginger Rogers haciendo mohines y cucamonas ya es otro cantar...



    Lo que no queda muy claro, después de todo, es el efecto real de la fórmula obtenida. Porque rejuvenecer, lo que se dice rejuvenecer, no lo hace. Mejora la vista, cura la artritis, devuelve la euforia, pero los personajes siguen tal cual estaban, en su mediana edad, alopécicos, o barrigudos, o con el culo caído. La pócima es más bien un medicamento universal para los males menores, pero no parece detener el reloj biológico de los genes. Lo que sí detiene, y hasta retrasa, es la edad mental de sus consumidores, que según la cantidad ingerida regresan a las tontunas de la juventud, o las gilipolleces de la adolescencia, y se comportan como auténticos irresponsables de la vida cívica estrellando coches o pellizcando culos. La pócima de la juventud sólo parece despertar lo peor de las sinapsis cerebrales...

    Yo, por mi parte, para regresar a mis tiempos pretéritos, sólo tengo que arrellanarme en el sofá y ver un partido de fútbol. No necesito fuentes de Florida, ni químicas de California. Siguiendo las evoluciones de la pelota vuelvo a ser el niño fascinado por el juego, el adolescente que se come las uñas con el resultado. El tipo irracional que defiende sus colores arbitrarios como si le fuera la vida en ello. El fútbol es mi condensador de fluzo, mi cápsula del tiempo, mi mejunje de laboratorio con sabor a hierba y a cuero.


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