Las cloacas de Interior

En las catacumbas mediáticas de la izquierda -que en estos tiempos de persecución imperial se reducen a tres gacetillas revoltosas, dos radios escondidas en internet  y una corrala de verduleras en La Sexta que siempre trolea Eduardo Inda para regocijo del establishment- no se habla de otra cosa que de Las cloacas de Interior, el documental dirigido y producido por Jaume Roures, ese empresario-marxista que lo mismo abre periódicos para luego abandonarlos que luego se queda con los derechos del sagrado fútbol o produce películas y documentales a través de Mediapro.



    El punto de partida de Las cloacas de Interior es la investigación que emprendió el diario Público tras conocer las conversaciones entre el que fuera Ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz -sí, el que tenía un ángel de la guarda muy salado llamado Marcelo-, y Daniel de Alfonso, jefe de la Oficina Antifraude de Cataluña, que al parecer era un funcionario muy servil y muy presto a deslizarse por el lado oscuro de la Fuerza. Y de la Ley. Todo el mundo conoce ya el caso: se trataba de echar mierda -real o inventada, eso era lo de menos- sobre los políticos catalanes que defendían el voto por la independencia a escasos días de una consulta soberanista. Pillarles, sobre todo, cuentas bancarias en Suiza, o en Andorra, que los expusieran ante la opinión pública de los votantes como unos chorizos. El escándalo político, como recordarán los más ilustrados lectores, fue mayúsculo, pero las repercusiones, como suele suceder, casi imperceptibles en los sismógrafos. Un cese, cuatro explicaciones mal dadas, y un recuerdo muy oportuno sobre la situación política en Venezuela. Pero Las cloacas de Interior no se detiene en este caso archisabido. Su cometido es tirar del hilo para hacer una radiografía del alcantarillado policial que todavía subsiste bajo las aceras de la democracia. Vericuetos sin luz ni taquígrafos por los que siguen moviéndose ratas bien aleccionadas -y bien pagadas- por los gobernantes de turno.





    Lo más sorprendente de Las cloacas de Interior no es lo que cuenta, que es materia ya más o menos conocida; ni cómo lo cuenta, que tampoco la puesta en escena es muy original; ni que los grandes periódicos, ni las radios más escuchadas, ni las cadenas de televisión de alcance nacional, se hayan hecho los suecos con este documento demoledor -suecos de derechas, claro, nada de socialdemócratas del bienestar. Y si los medios, en algún caso, han hecho referencia al documental, sólo ha sido, por supuesto, para darle caña, reírse de sus planteamientos, y emparedar la reseña entre dos noticias muy fresquitas de Venezuela -sí, otra vez-: una algarada callejera por encima y un discurso altisonante de Maduro por debajo. El sándwich de la casa. No. Lo más sorprendente de Las cloacas de Interior es que las prácticas guberpoliciales, polinamentales, todavía les sorprendan a algunos. Uno se asoma al documental atraído por el cómo, pero no por el porqué, ni por el cómo es posible. Eso ya lo damos por descontado. No somos, en eso, un país muy diferente a los demás. La única diferencia es que aquí las escuchas las encarga el Superintendente Vicente, y las practican Mortadelo y Filemón. Y claro, al final -casi- todo se sabe. La chapuza nacional. 


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