Juego de Tronos 7x02

(contiene spoilers, claro)
    He de confesar que en las últimas temporadas de Juego de Tronos, que han alternado las emociones con los bostezos, las sorpresas con los aburrimientos, he ido pasando a alta velocidad a varios personajes secundarios cada vez que asomaban la jeta o iniciaban el diálogo. A todos los personajes de la serie se les concede el beneficio de la duda una vez presentados, porque así, de entrada, nunca sabes qué relevancia van a tener en el devenir general. Uno no ha leído los libros de George R. R. Martin -ni creo, por su volumen intimidatorio, que los lea nunca en esta vida- así que cada personaje nuevo es nuevo del todo para mí, y luce una incógnita promisoria encima de su cabeza. Algunos sobreviven a la muerte temprana y se instalan en los guiones con cosas interesantes que aportar: una sabiduría política, una venganza pendiente, un linaje inesperado; otros, en cambio, que también se libran de caer a las primeras de cambio, se quedan ahí sin más utilidad aparente que la de enriquecer el paisanaje de los Siete Reinos, como si fueran una muestra de la diversidad multiétnica y multicultural que puebla estas tierras inventadas.



    Uno de estos personajes maltratados es Samwell Tarly, el excombatiente de la Guardia de la Noche que ahora es monje estudioso que cultiva las letras y las ciencias. Desde que abandonó sus deberes militares al lado de Jon Snow, toda su peripecia ha pasado por mi televisor como una carrera de Benny Hill persiguiendo al calvorota y a las enfermeras de la falda muy corta. Samwell rescató a la chica, cruzó los reinos, visitó su hogar y recaló en la abadía a la velocidad impropia de un obeso como él. Yo, la verdad, le daba por amortizado: una pincelada suelta e inexplicable en el gran lienzo de la lucha por el poder. El contrapunto bonachón, quizá, a tanto hijoputa que anda suelto por ahí. Pero me equivoqué, y ahora siento que estoy en deuda con su personaje. En la séptima temporada que acaba de comenzar, Samwell Tarly se está convirtiendo en un personaje principal, imprescindible, un rata oronda de biblioteca que lo mismo se adentra en los misterios de la medicina que en los estratos ocultos de la geología, y puede que en su cerebro ilustrado residan varias claves para la resolución de este invierno que no termina de llegar.




    No me equivoqué, en cambio, al saltarme con el mando a distancia las aventuras de las Serpientes de Arena, esas tres ninjas que ejercitaban sus artes en el soleado país de Dorne. Su contribución a la trama ha sido lucir palmito, exhibir su habilidad guerrera y entrecruzarse diálogos supuestamente ácidos o picantes. Estaban muy ricas, las tres Serpientes, eso hay que reconocerlo, pero tal virtud no las libró de ser pasto de mi impaciencia espectadora. Ahora que yo estaba magnánimo con el caso de Samwell Tarly horadando mi conciencia, y que había decidido concederles una segunda oportunidad a las tres acróbatas del vestido escaso, viene el bruto de Euron Greyjoy y se las carga al final del episodio en un abordaje bucanero de manual. Su muerte ha sido inesperada -como casi todas- pero nos ha dejado más o menos como estábamos. Nada hemos perdido. Nada hemos avanzado. Eran, más que secundarias, terciarias en la trama.


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