El puente

Hace unos meses pasó por estos escritos una película danesa que llevaba por título Land of mine. En ella, un grupo de adolescentes integrados en el Volkssturm -las tropas que Hitler reclutó a última hora entre los chavales y los ancianos- era hecho prisionero por las tropas danesas, y obligado, ya con la guerra terminada, a limpiar las minas que la propia Wehrmacht había enterrado en las playas. La escabechina de brazos y piernas, torsos y tripas, se barruntaba desde las primeras escenas...

    Unos meses antes, cuando Alemania todavía no había rendido sus tropas a los aliados, otra remesa infantil del Voklkssturm fue reclutada para defender el puente sobre el río Regen, en el mismo pueblo que los vio nacer a todos. Que los vio crecer con los juegos infantiles, convertirse en muchachos, soñar con participar en la guerra como hombres de pelo en pecho, y no como lo que eran ahora, unos tirillas sin instrucción militar que apenas podían con el peso de los bazookas, y que además no habían visto a un norteamericano de frente en su vida, más allá, quizá, de Charles Chaplin, o de los hermanos Marx, que no disparaban tiros desde el otro lado de la pantalla.



    La película se titula El puente, y es una producción alemana del año 59 que obtuvo grandes premios y reconocimientos en su momento, antibelicista y cruda, muy poco patriotera. Como La chaqueta metálica, es en realidad un programa doble sobre la barbaridad absurda de la guerra.

     En el primero, conocemos la vida de estos muchachos en su pueblo de Baviera aún intocado por los bombardeos, o los trasiegos de las tropas. Sólo de vez en cuando les sobrevuela algún avión aliado para echarle un ojo al puente estratégico. Los chavales van al instituto, flirtean con las compañeras, juegan a la guerra en los descampados... Hay cartillas de racionamiento, y cunde el desánimo en el ambiente, pero por lo demás la vida transcurre como si tal cosa. En la segunda parte de El puente, sin embargo, la guerra aparece con toda su virulencia. Ya no hay tirachinas, ni perdigones, ni pedradas en la cocorota. En un par de días tan locos como surrealistas, los muchachos se verán reclutados a la fuerza, investidos de uniforme, armados con fusiles de verdad. Un alma caritativa de la Wehrmacht  les destinará a defender el puente de su propio pueblo, por el que no se espera que pase ningún ejército enemigo. Pero claro: el ejército alemán, en desbandada, es como el ejército español en circunstancias normales, y al final resulta que los tanques americanos terminan deslizándose por allí, enfrentándose a la defensa numantina de los pipiolos...


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