7 años

Acorralados por la justicia, que les ha detectado cuentas muy sospechosas en Suiza, los cuatro socios de una empresa se reúnen para decidir quién habrá de pagar el pato. Los cuatro son unos chorizos fiscales por igual, pero si van todos a la cárcel, como en la película de Berlanga, el negocio se va a tomar por el culo. Si sólo va uno de ellos, asumiendo todas las culpas, fingiendo ante la UDEF que él lo tramó todo a sus espaldas y que ellos no saben nada y bla, bla, bla..., la empresa podrá seguir funcionando con los tres miembros restantes, y ya encontrarán la manera de compensar al chivo expiatorio con dineros y prebendas. O a la chiva expiatoria,  pues entre ellos hay una socia fundadora, y aunque fue ella, como en relato del Génesis, la que les dio a morder la manzana de la corrupción, todos se sienten culpables por igual, y son como los Caballeros Defraudadores de la Mesa Redonda, todos para uno y uno para todos.  



    Incapaces de ponerse de acuerdo sobre quién habrá de pasar siete años poniendo el culo en las duchas -o, en el caso de nuestra Eva, vigilando de reojo al funcionario con una erección entre las piernas-, los cuatro socios contratan a un intermediador para que les ayude a elegir víctima. Podrían echar lo de la cárcel a pares o nones, o al pito-pito-gorgorito, a la pajita más corta, pero todos estos sistemas les parecen muy injustos, y muy poco profesionales. Así que allí, en la sede social de la empresa, se presenta el intermediador para encontrar una decisión negociada y aceptada por todos. Los cuatro empresarios tratan de mantener una discusión racional, de pros y contras, de tú tienes familia y tú eres más prescindible en el negocio y tú no soportarías ni cuatro días en el trullo.

    Pero el diálogo se enquista, los nervios se sublevan, y al final deciden entrar a matar: que si tú eres un tal, que si tú un cual, que si tú un inútil, que si tú una puta... 7 años, la película, dura lo mismo que una conversación entre cuatro amigos que van perdiendo la compostura y acaban a gritos y a hostias como ingleses borrachos en una terraza de Magaluf. El mismo tiempo, posiblemente, que dura una reunión a puerta cerrada de la plana mayor de un partido político, que también ha de decidir quién se enfrentará a los leones de la prensa, y de la justicia, como quien echa un hueso a los perros para que dejen de olisquear el montón de mierda sobre el que todos han dejado su cagada. Quiero pensar, malévolamente, que 7 años es una metáfora retorcida sobre el estado actual de las cosas, y no un simple ejercicio de estilo -muy meritorio- ni un simple ejercicio de antropología -muy interesante. 



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