Trainspotting

En los períodos de sequía creativa -como éste que ahora me arrasa las neuronas- cuando no sé qué escribir sobre una película y sufro la tentación de volver a los temas archisabidos, que si el antropoide interior o la vigencia marchita de los clásicos, me doy un garbeo por los extras del DVD para inspirarme en las entrevistas que concedieron el director o los actores principales, a ver si ellos me dan el germen de una idea, la clave de una interpretación. El hilo conductor que me permita enhebrar cuatro filosofías baratas y cuatro chascarrillos de barrio bajo para solventar la entrada del día, y seguir manteniendo vivo este engendro sin pies ni cabeza, sin orden ni estructura. Como el bebé monstruoso que Jack Nance alimentaba sin esperanza en Cabeza borradora. El producto informe y errático de mi nulo talento para escribir cosas originales y chulas. ("Chulas", por cierto, menudo adjetivo de los cojones...)



    Dos décadas después de su estreno -y mira que el tiempo pasa a toda hostia- Trainspotting puede presumir de mantener su ritmo alocado, su sentido del humor. Su espíritu gamberro. Trainspotting es una película sobre veinteañeros que se drogan, que se desdrogan, que en cada viaje hacia las nubes o en cada regreso del paraíso cometen una estupidez o se lían en un trapicheo. Chavales que se dejan la vida, literal, y figuradamente, en el retrete. Venía uno, pues, con la intención de disertar un poco sobre las drogas, sobre la vida en los suburbios, sobre la sociedad injusta que alimenta la desesperanza en la juventud, pero de pronto las palabras me han parecido altisonantes, impropias de un blog sin altura ni pretensiones. Es por eso que he perdido una hora buscando otra idea alimenticia en el DVD, como quien busca un salvavidas o un clavo al que agarrarse. Trainspotting, en efecto, como allí afirman sus propios creadores, desde Irvine Welsh -el escritor- a Danny Boyle -el cineasta-, no es una película sobre pandilleros heroinómanos en Edimburgo, aunque pudiera parecerlo. Su tema central es la amistad que decae, que se derrumba, aunque se hayan pasado los años mozos en cuchipanda y en correrías, jurando un compromiso eterno que el tiempo finalmente se llevó. El gran drama de Renton no es la heroína, de la que sale y entra sin mucha dificultad al parecer, sino la certeza de vivir desplazado, en una tierra que no ama, en  un grupo de amigos que lo llevan por senderos que no quiere transitar. Renton no se drogaba para hacer piña, sino para olvidar que estaba en ella. Ese es el viaje personal de Trainspotting. Una cosa muy profunda en realidad, enmascarada tras músicas molonas y planos desquiciados. Y picos en vena.
    Creo que por hoy he salvado el culo.


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