La vida de Brian

La primera vez que vi La vida de Brian yo tenía doce o trece años. Fue con los amigos de la infancia, en casa del único que poseía un VHS por entonces. El monolito negro que nos concedió la magia del cine rebobinable como a simios sedientos de películas.

    Éramos una chavalada vital, contradictoria, medio Jedis y medio Siths. En el videoclub alquilábamos comedias de los Python, sarracinas de Chuck Norris, clásicos de Hitchcock, locuras de los Marx... Y siempre, de extranjis, con la connivencia del dueño, una película porno para desfogar los instintos, y aclarar las ideas, y las cinefilias. Llevábamos muchos años en la enseñanza privada, pero los curas no nos habían doblegado. En el recto camino hacia el Señor nosotros preferíamos perdernos por los vericuetos. Nunca íbamos a misas, a convivencias cristianas, a retiros espirituales. No alabábamos a Jesús tocando la guitarra. Aquello era de pelotas, y de maripilis. De fariseos que sólo iban a esos rollos porque también iban las alumnas de las monjas. Nosotros no seguíamos a Juan Pablo II en sus viajes veraniegos por Europa, que si Roma o Czestochowa. Nos la soplaba, Jotapedos. Nosotros, en las aulas, decíamos a todo que sí, que amén, que viva Cristo y arriba España. Y sacábamos unas notas de impresión. Pero luego, extramuros, renegábamos de todo aquello, y nos proclamábamos ateos, beligerantes, combatientes contra el clero.



    Así que un buen día, bien aconsejados por alguien, o tal vez inspirados por el Espíritu Santo en nuestro recorrido por los estantes, alquilamos en el videoclub del barrio bajo La vida de Brian, que prometía ser una parodia de la vida de Jesús. Y nosotros, a Jesús, aunque fuera un buen hombre, y probablemente un gran santo, le teníamos un poco de manía. De un modo indirecto y remoto, él era el causante de nuestra desgracia estudiantil. El fundador involuntario de aquella orden marista que nos torturaba en las prisiones del conocimiento. Le teníamos un poco de ganas, al profeta de las bienaventuranzas, que además no hacía milagros para que el Real Madrid cutre de la época ganara títulos, y la película de los Monty Python -a los que entonces no conocíamos de nada- prometía darle un poco de caña, y tirarle un poquitín de las orejas, justo como nos hacían sus sacerdotes cuando errábamos una ecuación en la pizarra. Justo como hizo el centurión romano con Brian cuando éste cometió un error gramatical en su pintada. Romani eunt ite domusm.



     Luego resultó que el Brian de la película no era Jesús, sino un pobre hombre que había tenido la desgracia de nacer en el pesebre de al lado, y que de algún modo quedó marcado por el mismo y trágico destino. Un chaval que también sobrevivió a las purgas de Herodes para llegar a la edad de Cristo y ser crucificado en el Gólgota por un malentendido rocambolesco. Nos reímos, mucho, con La vida de Brian, que era un gran escupitajo de inteligencia puesto en el aspersor. Todo lo sagrado se llevaba su gota de saliva: la tontuna del dogma, la escisión comunista, la dignidad imperial, el feminismo gramatical... Pero Brian, el hombre, la víctima, nos daba mucha pena al final. Aunque en el último momento se soltara los pies en la cruz para seguir la musiquilla de Always look on the bright side of life. A Brian, como a nosotros, Jesús le había jodido la vida sin querer. Un efecto colateral de su bonhomía, de su pacífica predicación. Brian murió en la cruz confundido con el profeta, y nosotros, dos mil años después, penábamos nuestros temarios bajo el símbolo de la cruz, que nos presidía desde allí arriba, omnisciente, y algo macabro, sobre el encerado. 



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