Mujeres al borde de un ataque de nervios

Las mujeres de la película están al borde de un ataque de nervios porque han elegido muy mal a sus hombres. Carmen Maura, Julieta Serrano y Kity Manver son el trío de engañadas y desengañadas que persiguen a Iván, el polígamo de voz grave y sienes plateadas que sólo las quería para grabar muescas en su revólver de mujeriego sin remedio. María Barranco, tan ingenua, tan atolondrada, se cuelga de un terrorista chií que planeaba secuestrar un avión para desviarlo de su rumbo, y pedir un rescate nada más aterrizarlo (en aquella época en la que los terroristas sólo cometían estas travesuras aeronáuticas, y todavía no estrellaban los aviones contra los rascacielos de Occidente). Rossy de Palma se está equivocando de cabo a rabo con Carlos, el hijo de Iván, que ha heredado la misma testosterona desenfrenada de su padre, y hasta la vecinita de Carmen Maura, que es un personaje marginal en la película, se queja de que su novio sube "otros chochos" a su moto cuando ella no está allí para vigilarlo.



    Las mujeres al borde de un ataque de nervios viven, o malviven, pendientes de sus hombres: de sus cambios de humor, de sus costumbres nocturnas, de los caprichos de su pene, y esto, treinta años después de aquella movida almodovariana que casi culminó en un premio Oscar, nos parece una conducta extraña, como antediluviana, a los espectadores que hemos sobrevivido al paso de los tiempos. Y a la rebeldía de lo femenino. Las mujeres que ahora pueblan las películas son más fuertes, menos dependientes, y ya no perdonan ni una tontería a sus compañeros de cama. Ya no los persiguen en taxis locos por las calles de Madrid, ni les suplican reconciliaciones llorosas en los contestadores automáticos. En eso, las mujeres contemporáneas. han ganado mucho en salud, y en independencia, y si se ponen al borde de un ataque de nervios lo hacen porque no cobran los suficiente en el trabajo, o porque no tienen guarderías donde dejar a sus retoños. Las mujeres de ahora -más listas, más preparadas, más advertidas. quizá han comprendido lo que Pepa, el personaje de Carmen Maura, aún no sabía en 1988 quizá por falta de lecturas, o de wikipedias: que los hombres somos mecanismos muy simples, antropoides muy básicos. Seres multicelulares que parecemos la hostia con nuestros pelos y nuestros músculos, nuestras testosteronas y nuestras fanfarronadas, pero que a fin de cuentas se nos puede gobernar con un simple golpe de ratón, como robots esquemáticos y muy poco inteligentes.

    "Es mucho más fácil aprender mecánica que psicología masculina. A una moto puedes llegar a conocerla a fondo. A un hombre jamás, jamás". Decía Pepa, la pobre. 



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