El artista

Los pasillos del colegio donde trabajo están decorados con dibujos que los chavales, alumnos de educación especial, realizan en su taller de manualidades. La mayoría son obras simplonas, inocentes: el retrato esquemático de la familia, de la paloma de la paz, de la casita en el campo con su chimenea y su arbolito adosado. Pero a veces, rompiendo la monotonía de los temas, aparecen dibujos abstractos, sorprendentes, puros rayajos de colores que sin embargo hechizan mi mirada. Quizá no signifiquen nada, o lo signifiquen todo. A veces me detengo ante ellos y fantaseo con que son obras de arte verdaderas, gritos inspirados de un genio atrapado en la mudez, o en la contorsión, y no las frustraciones motrices que pretendían dibujar algo concreto y se quedaron en el intento. Y pienso, sin tener ningún conocimiento sobre arte, sin saber distinguir al inspirado del estafador, que mi colegio es un museo clandestino que alberga tesoros todavía por descubrir, como una cueva rupestre, o como  un centro cívico de provincias.




    Algo parecido debió de pensar Jorge, el protagonista de El artista, al contemplar cómo Romano, un anciano en silla de ruedas con demencia avanzada, manejaba los rotuladores en sus ratos de esparcimiento. Jorge es el enfermero del geriátrico, un hombre sin talento, poco despierto, que sin embargo sueña con llevar una vida mejor. Ensimismado en los dibujos de Romano, que son raros e hipnóticos, un día decide probar fortuna como impostor, y presentar esas abstracciones como propias, allá en la galería de arte moderno. Para su sorpresa, el mundo de la pintura le recibe con la boca abierta, y con el gesto pasmado. Ha nacido un genio en el mundillo de Buenos Aires. Un creador de trazo potente, de visión visceral, de esquemas rompedores. La verborrea consabida... Jorge vivirá el gran sueño del halago, de la riqueza, de la chica monísima que se interesa por el artista pero también por el hombre. Mientras tanto, en el asilo, Romano, ajeno a estas movidas de exposiciones y canapés, seguirá entreteniéndose con los rotuladores, o con la pintura de dedos, mientras musita "la pucha, la pucha", que es una expresión que al igual que sus dibujos puede significarlo todo, o no significar una mierda. 


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