Silencio

El cristianismo de la antigüedad se expandió como un virus del espíritu porque su mensaje era esperanzador, y su práctica un chollo para los creyentes. El Paraíso a cambio de la fe en Jesucristo. Y poco más. Ir a misa los domingos, cumplir la fiestas de guardar, y no morirse justo después de haber cometido un pecado mortal. Un poco de esfuerzo y un poco de suerte. Una enseñanza simple para las gentes sencillas. Las demás religiones del momento eran farragosas, o confusas, o solo para iniciados. Hablaban de un Más Allá poco detallado, o no hablaban de él en absoluto, y los fieles recelaban de sus sacerdotes. Los dioses únicos solían ser unos tipos vengativos, y los dioses plurales unos libertinos que vivían a su puta bola en la trastienda de las nubes. El cristianismo caló entre los pobres porque aseguraba que la miseria sólo era un inconveniente pasajero, y caló entre los ricos, precisamente, porque no cuestionaba la explotación del miserable, y toda justicia y resarcimiento los fiaba al más allá del Reino de los Cielos.



    El cristianismo apuntalaba el orden social y prometía una vida eterna, y con estos dos cañones indestructibles tomó el mundo por asalto. Sólo fracasó en las arenas del desierto, donde una horda de monoteístas prometía sexo celestial para los hombres. Y, varios siglos después, volvió a fracasar en la cultura impermeable del Japón. A su llegada, los jesuitas del general Francisco ganaron terreno en las playas, y en los primeros pueblos de interior, como marines desembarcados en barcazas bendecidas. Pero Japón era un terreno donde el cristianismo, a la larga, no podía arraigar. Los japoneses para empezar, no creían en ningún dios: sólo en la Naturaleza, el sol y las rocas, los árboles y el agua. La idea de un señor barbudo que administraba premios y castigos les parecía tan extraña como la presencia de los propios occidentales. Las gentes sencillas se bautizaban porque eran miserables, y los jesuitas les prometían ríos de leche y miel en el Paraíso. Los shogunes se alarmaron. A ellos no les molestaba la doctrina católica, sino los católicos que la predicaban. Con los curas venían los comerciantes, y con los comerciantes los guerreros, y celosos de su independencia frente a occidente, se emplearon a fondo para erradicar el cristianismo de sus playas.

    En Silencio hay mártires, torturas, dudas existenciales. Jesuitas que predican hasta el final y jesuitas que abjuran de su fe asustados ante el dolor. Y sobre todo, hay mucha perplejidad ante el silencio de Dios, que reinaba sobre todas las cabezas, las sostenidas y las cortadas. Los japoneses, budistas o sintoístas, nunca esperaron escucharle. 



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