El gran Lebowski

Dos mil años después de que Jesús predicara en el lago Tiberíades, nació, en la otra punta del mundo, otro profeta que también predicaba la paz fraterna, y el amor universal. La concordia entre los pueblos. El hombre se llamaba Jeff Lebowski, y el apodaban el Nota, y en sus tiempos de juventud, allá en la Universidad, mientras otros se aislaban en sus estudios y se preocupaban por el futuro, él salía de manifestación con una pancarta en la mano y con un porrete en la otra, para protestar contra la guerra de Vietnam. El Nota dio su ejemplo, tuvo sus discípulos, predicó entre las gentes, pero su mensaje se diluyó entre tantos profetas similares. California, en los años setenta, como la Judea del siglo I, era una tierra propicia para el sermón y para la revuelta. Es por eso que el Nota, incomprendido, se refugió varios años en el desierto.



    Al regresar vino con otro mensaje, y con otras pintas. Inspirado en el Jesús de los evangelios, que también retornó transfigurado de sus tentaciones, el Nota se dejó el pelo largo, y la perillita, y se vistió con ropas holgadas a modo de túnica. Y se puso unas chanclas de piscina como sandalias de la antigüedad, que solo se quitaba para enfundarse los zapatos de la bolera. El Nota predicaba una paz diferente, interior. La paz del espíritu. Una cosa como budista, como oriental, aunque los vodkas fueran de Rusia, y los petas de Jamaica. Con solo dos discípulos llamados Walter y Donny, un excombatiente y un exinteligente que lo siguieron en su peregrinar, el Nota fundó una religión que ha llegado hasta nuestros días, el dudeísmo, tan válida como cualquier otra que sermonea nuestros males. El dudeísmo, que está en plena expansión de feligreses, predica el no predicar, y el practicar lo menos posible. Simplificar la vida, llevarlo tranqui, pensárselo dos veces. Y a la primera inquietud, un porrete, y unas pajillas, y un ruso blanco de postre, para serenar el ánimo alterado. Vive y deja vivir, tío. Hakuna matata. Serénate. Respira hondo. Deja que fluya. Porque al final todo se reduce a eso: a estar a gusto con uno mismo. A que llegue la hora de dormir y los perros del estómago no se pongan a ladrar. Llegar a la almohada sin remordimientos ni malos pensamientos. Cerrar los ojos y dejarse ir con una sonrisa de niño, bobalicona. La felicidad no es más que eso, tan sencilla como un pirulí, tan inalcanzable como las estrellas. Por eso todos seguimos al Nota, y escuchamos sus enseñanzas. Y por eso, una vez al año, como en una fiesta de guardar, nos ponemos el DVD, o el streaming, o la televisión de pago, para celebrar una eucaristía y una partidita de bolos en conmemoración suya. Donde quiera que esté, el Nota, a sus sesenta y tantos años: encorvado en el bowling, o fumado en la bañera, o tumbado en su alfombra mientras escucha a los Creedence Clearwater en su walkman de mil pilas gastadas.


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