Amelie

A estas alturas del siglo XXI está muy mal visto, y trae muy mal fario, que uno se declare enamorado de Amelie, la película, y de Amelie, la bella parisina.

    En la web de contactos donde uno busca al amor de su vida, muchas mujeres, en los tests que utilizan para descartar candidatos como si esto fuera el carnet de conducir, o el psicotécnico para una oposición, incluyen un ítem traicionero que pregunta si a uno le ha gustado la película. Yo siempre respondo que sí, que por supuesto, que menuda obra maestra, convencido de que tal predilección es un punto a mi favor, uno quizá decisivo, determinante, que marcará la diferencia con mis otros contrincantes, menos cinéfilos quizá, o menos sensibles al romanticismo. O más avergonzados, tal vez, en reconocer su lado infantil y soñador. Yo no tengo ningún problema en declarar que me emociono con la labor samaritana de la señorita Poulain, y que lloro, incluso, (también un poco despechado, ésa es la verdad), cuando Amelie consuma el amor con ese tontaina despeinado que recogía identidades rotas en los fotomatones. Pero ellas, mis pretendidas, tan ladinas y tan contradictorias, siempre marcan mi respuesta en rojo, como maestras del colegio armadas con un rotulador. Ellas, en realidad, sólo preguntan por la película para cazar al hombre que trata de engañarlas, dando por seguro que una respuesta afirmativa desenmascara al hombre poco sincero, deshonesto, proclive seguramente a otros engaños mucho más devastadores...



    Uno podría, por supuesto, cambiar de táctica, y empezar a responder que no, que Amelie me repele, y me enñoñece, y me parece ridícula en su formato, y en sus pretensiones. Uno podría presumir de cínico, de misántropo, de hombre curtido en mil batallas contra la realidad que no se deja seducir por estos cuentos de colorines donde reina la bonhomía -¿o debería decir la bonhembría- y la esperanza, el buen rollo y el happy end. Uno podría mentir como un bellaco, negar tres veces a Amelie Poulain antes de que cante el gallo de madrugada. En el amor, como en la guerra, vale cualquier cosa. Pero me temo, ay, que si yo respondiera con un no al ítem de marras, ellas, las mujeres que me juzgan al otro lado del biombo, también marcarían en rojo mi respuesta negativa, porque pensarían que menudo hombre éste, que quiere acceder a mi sofá, a mi mantita, a mi lecho del amor, y sin embargo se pondría a bostezar mientras yo lloro como una mocosa viendo Amelie en la televisión. 


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