Una pistola en cada mano

Yo tenía un amigo que de chaval, cuando veíamos el porno clandestino en los salones sin vigilar, se excitaba tanto con lo que veía, se ponía tan verraco por abajo y tan enrojecido por arriba, que se acariciaba el bulto del pantalón mientras decía, con un tono de chiste y de gran drama personal al mismo tiempo: "¡Dios, quién pudiera tener dos pollas!" Como si la única que le fue otorgada por el Creador no le bastara para dar salida a tanto deseo, superado por el número de mujeres que veía en pantalla, o sobrepasado por la temperatura de una caldera interior que necesitaba dos válvulas para aliviar tanta presión acumulada.



    He recordado a este sujeto entrañable mientras veía Una pistola en cada mano, que es el retrato de varios cuarentones barceloneses que viven un poco así, con dos pollas remetidas en la bragueta. Una, la real, con la que cometen sus infidelidades o santifican el lecho conyugal, según como vengan los aires del Mediterráneo. Con la que a veces cumplen como campeones y otras, por las cosas de la edad, se quedan a media escalada como un abuelete precoz que sufriera la contaminación y el estrés de la gran ciudad. Y luego la otra, la polla virtual, con la que siempre fantasean una peripecia que no es la que les mantiene ocupados en el momento: si están con la amante, porque echan de menos a su mujer, y si están con su mujer, porque echan de menos a su adulterio. O si la polla titular languidece, o no tiene consorte, para imaginar otros mundos de grandes éxitos en la cama.
    Mi amigo de la adolescencia no sabía que, en cierto modo, los hombres sí hemos venido al mundo con dos pollas. Y también con dos inteligencias, y con dos de casi todo, como decía Javier Bardem en Huevos de oro. Una inteligencia es la del sobrevivir, la que nos ubica en el mapa y nos permite hacer cálculos aritméticos. La otra es la emocional, una que ni siquiera sabíamos que existía hasta que un buen día la descubrimos leyendo los suplementos dominicales. Por eso somos tan torpes con ella, y las mujeres nos dan mil vueltas en su manejo. Ellas, las muy lagartas, que sabían de su existencia desde los tiempos de Maricastaña y no nos dijeron nada del asunto... Es por eso que en el mundo real, como en el mundo de la película, los hombres siempre quedamos un poco ridículos cuando hablamos de sentimientos. Balbuceamos, dudamos, nos contradecimos. Se nos ve poco sueltos, poco cómodos, como si hiciéramos pinitos en un idioma desconocido. Pero últimamente lo estamos intentando, y nos esforzamos, y hay mujeres que eso lo valoran mucho. Toca perseverar.




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