¿Qué he hecho yo para merecer esto?

¿Qué he hecho yo para merecer esto? es el lamento universal de las personas infelices. Lo gritamos aún a sabiendas de que sólo es un desahogo, porque no todo va a ser culpa de los demás, por supuesto, o del destino. Somos nosotros los que al final erramos el camino, y elegimos las compañías. Algo hemos hecho para merecer esto que ahora nos trae por la calle de la amargura. Esto que se atraviesa en la garganta como un hueso, que se clava en las entrañas como un puñal, y que nos despierta a las seis de la mañana para no dejarnos dormir ya más, en la oscuridad inconsolable de nuestros remordimientos. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, nos preguntamos como si fuéramos inocentes del todo, víctimas de un contubernio internacional, de una conjura de los dioses, aunque sabemos, en nuestro fuero interno, que en los momentos decisivos podríamos haber optado por esto, o por lo otro, y tal vez haber escapado de nuestra maldita fatalidad.
    O quizá no, como dicen los filósofos deterministas, y todo está escrito ya bajo las estrellas, y en realidad no hay nada que hacer ni que elegir, sólo dejarse llevar por el destino, y sentarse a contemplar el tragicómico espectáculo de nuestra propia vida, de la que somos actores pero no guionistas.



    ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, se lamenta también Gloria, el ama de casa de la película de Almodóvar. ¿Qué ha hecho ella, en efecto, para merecer esa vida de carencias y desafectos, en la barriada cutre y desangelada de Madrid? Nada, seguramente, diría el filósofo determinista, y en este caso creo que con mucha razón. La desgracia de Gloria es la misma de tantas mujeres de su época: haber nacido mujer, y además pobre. Porque no había otra cosa, para las mujeres de su tiempo, aleccionadas en la familia, sofocadas por la religión, más que acertar en el buen casarse. Nada más allá del marido, al que se encadenaban como esclavas en un único destino compartido. Hasta que la muerte se llevara al primero de los dos. Mujeres que no tenían estudios, porque para qué, o que los habían abandonado para ponerse a fregar los platos, porque qué falta iban a hacer ahora. Mujeres que jamás pensaron en trabajar, porque no estaba bien visto, o que si trabajaban tuvieron que dejarlo para atender a la prole y a la suegra, al cartero y al lechero. Amas de casa que se enfrentaban a la labor maldita de Sísifo cada mañana.
    Así vivía Gloria en la película de Almodóvar hasta que un buen día descendió el monolito de Kubrick sobre el barrio de La Concepción, y lo que era un simple hueso jamonero se convirtió en una metáfora de la liberación femenina. Como aquel fémur en el osario de 2001: Una odisea del espacio. Corría el año del Señor de 1984, y las mujeres del barrio ya estaban preparando su revolución.



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