Eva al desnudo


De niño -y de no tan niño- yo estaba enamorado de una vecina que se llamaba Eva. Ella era dos años mayor que yo, preciosa e inalcanzable. Un ángel del Señor perdido en un barrio terrenal y muy feo de las afueras de León. Yo, a veces, en mis ensoñamientos de platónico aspirante, la imaginaba desnuda en sus quehaceres, pero sólo un poco, lo justito, como a una Venus de Botticelli recién salida de la ostra, para luego no tener que azorarme en su presencia cuando me la cruzaba por las escaleras. Mi amor por Eva era el de un caballero muy respetuoso, casi de los de antes, aunque yo vistiera pantalones cortos y llevara casi siempre manchada la boca de Nocilla.



    Es por eso que años después, cuando en mis primeras cinefilias descubrí que había una película titulada Eva al desnudo, durante un segundo de estúpido cortocircuito, de alborotada confusión, pensé que por fin iba a conocer los secretos de mi amada vecina, esos que yo tanto des-imaginado para no sucumbir al delirio de los deseos imposibles. Fue un segundo muy loco, muy absurdo, tan largo como una vida y tan corto como un suspiro, hasta que el rabillo del ojo, en la ilustración que acompañaba el descubrimiento, me mostró que Eva al desnudo era una película viejuna, en blanco y negro, con el rostro picassiano de Bette Davis ocupando casi la carátula completa. Ella, la divina Bette, la de Bette Davis Eyes que cantaba Kim Carnes, que al final ni siquiera era la Eva del título, ni por supuesto mi vecina de León, la Eva de Botticelli, de la que por entonces ya me separaban muchos kilómetros y muchas vicisitudes.



    Eva al desnudo cuenta la determinación de Eva Harrington por alcanzar la fama sobre las tablas del escenario sin que sus escrúpulos se activen cuando tiene que mentir, traicionar o apuñalar por la espalda. El fin por encima de cualquier medio. El despliegue de una sociópata que nunca conocerá el amor o la amistad porque en realidad tampoco necesita tales sentimientos: sólo como instrumentos para manipular a los demás y seguir progresando en su carrera. Pero hay mucho más, en Eva al desnudo, como en todas las grandes películas que sobreviven al paso del tiempo. El ascenso hacia el estrellato de Eva Harrington sólo es el argumento, el artificio con el que nos entretiene Joseph L. Mankiewicz entre diálogos y sobreentendidos. El gran tema de la película, que ruge por debajo de la trama como el magma que nos sostiene, o como el agua que riega los campos, es el paso del tiempo. El miedo a hacerse mayor.
    Quien haya visto la película sabe que el personaje principal no es Eva Harrington -ni Eva mi vecina, ay- sino Margo Channing, la reina destronada de los teatros neoyorquinos. La mujer que acaba de cumplir cuarenta años y se descubre los primeros desperfectos irreparables en el cuerpo y en el alma. La mujer indomable que de pronto pierde el hambre por seguir siendo la número uno. Porque en esa carrera infatigable, en esa presión perpetua de los aplausos y las críticas, se está dejando jirones de su vida: el amor y los amigos, el buen dormir y la paz en el espíritu. Y ya no está dispuesta a tanto. Que triunfe la pérfida Eva, tan solitaria allá en su cumbre.


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