El porvenir

Cuando Pepe Carvalho, en las novelas de Montalbán, es invitado a cenar por su vecino Fuster en el chalet de Vallvidrera, el detective aprovecha la ocasión para quemar un libro en la chimenea de su salón. Antes de salir de casa repasa los lomos, selecciona una obra por la que siente especial irritación, y la lleva consigo para arrojarla a las llamas del fuego. En la chimenea de su vecino y contertulio, Pepe Carvalho encuentra una oportunidad inquisitorial para deshacerse de los lastres escritos, de los volúmenes inútiles.  No aprendí nada de los libros, repite en cada ocasión.
    Yo leía estas novelas en la juventud y no terminaba de creerme que alguien fuera capaz de alcanzar semejante hartazgo, semejante desengaño lector. Pero al cumplir los cuarenta años yo mismo me vi en el trance, y me descubrí rodeado de una pequeña biblioteca que me había hablado durante años sin que nada me impregnara o me calara. Aprendí hechos, geografías, curiosidades científicas, pero nada más. Una cultura, que se dice, pero no una estrategia ante la vida, una enseñanza ante la adversidad. Una reflexión profunda que instaurara la paz duradera en el espíritu. Jamás, por descontado, un conocimiento profundo y sincero de mí mismo. Los libros no me enseñaron a lidiar el toro de cien cuernos, ni la serpiente de cien lenguas.





    En El porvenir, Isabelle Huppert es una profesora de filosofía que imparte clases en un instituto de París. Vive rodeada de libros en su piso ideal de la ciudad y en su casa idílica de la Bretaña, donde pasa las vacaciones con su marido también filósofo. Su personaje lleva años sin conocer la contrariedad, ni el dolor del alma, más allá del rumor que a todos nos acompaña de fondo, como un recordatorio de que la fatalidad es impredecible y está a la vuelta de cualquier esquina. Y un mal día, en efecto, el rumor se hace hecho, y todo se desmorona en su vida: la familia se desintegra, la madre fallece, la editorial donde publicaba deja de confiar en ella, y de repente, a sus sesenta años, nuestra protagonista se ve sola y sin responsabilidades. Con todo el tiempo del mundo para entregarse a los libros. Pero en los libros, ay, ya no parece encontrar las respuestas que ahora necesita. La vida le duele por dentro, y las profundas filosofías de los grandes pensadores apenas sirven para sanar los rasguños, o bajar las hinchazones. El miedo ante el porvenir no lo curan los circunloquios sobre la naturaleza de las cosas, ni las disquisiciones sobre la naturaleza del yo. Filfa, al fin y al cabo. Juegos florales para ejercitar la mente. La profesora de filosofía tendrá que enfrentarse al porvenir sin la ayuda de la filosofía, ella sola, con su propio manual de pensamiento.  Que en realidad es común a todos, y sólo tiene una línea de texto: dejar que pase el tiempo y que el calendario vaya resolviendo las dudas y los entuertos. Y mientras esperamos, podemos seguir leyendo.

2 comentarios:

  1. Joder si hubiera un libro que nos enseñará a lidiar con la vida, sería como la fuente de la eterna juventud, pero amigo la vida hay que lidiar como nos va viniendo y lo que valía para los 20 ya no vale para los 40, y además con el INRI, de que uno no vive la vida que quiere si no la que te van dejando y aquí ni filósofos ni sociólogos, es la más pura soledad la que te va marcando el camino, ya sabes nacemos solos y morimos solos y a veces por el camino encuentras alguna compañía.

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    1. El único libro que nos serviría de guía es nuestra propia autobiografía. Pero la vamos escribiendo al paso, claro. Esa es la putada. Un saludo. A ti y a los tuyos.

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