El luchador

Nadie cambia. Las profecías vienen escritas en los genes como si fueran la palabra de Dios, y al final siempre se llevan a cumplimiento. Está la educación, sí, la experiencia, la influencia ambiental, pero todo eso, que llena libros gordísimos y sostiene cátedras muy complejas, sólo sirve para retocar cuatro versículos de los menos importantes. Una menudencia estilística que no cambia el drama de fondo. La tragicomedia que venimos a representar en este mundo con los disfraces ya comprados, y las entradas ya agotadas en taquilla. El contexto de nuestra vida sólo es su decorado. Da lo mismo nacer en Teruel que en las Chimbambas Occidentales. Sólo cambian los vestidos y los climas. El carácter está escrito en piedra, y no hay viento ni lluvia que sea capaz de erosionarlo en setenta míseros años de vida. El alma profunda de cada hombre es un asunto geológico, granítico, y los que dicen ser capaces de esculpirla, de destrozarla incluso con un martillo neumático, sólo son niños inocuos que pintan dibujitos sobre la superficie  Nadie cambia, y el que diga que ha cambiado miente. O se engaña a sí mismo. Y el que viva de vender esta idea sólo es un traficante de crecepelos. Un charlatán que allá en el parque de los locos, subido a su silla, grita sandeces junto a los que proclaman el nuevo Advenimiento de Cristo, o advierten contra el complot judeomasónico de los aviones que nos fumigan.




    Que se lo digan a Randy Robinson, "The Ram", la vieja gloria de la lucha libre que se va dejando el aliento, literalmente, en cada nuevo combate. Un perdedor de la vida -pero un campeón de los rings- que con cada nueva hostia verdadera o fingida se va quedando un poco más sordo y un poco más lerdo. Y lo que es peor: un poco más cerca del infarto definitivo, ahora que ya pelea con el costurón del bypass adornándole el pecho, y con el corazón arrítmico pegando botes de mucho preocuparse. Pero qué va a hacer, el pobre Randy, si no nació para otra cosa, si lo único que le hace estar a gusto consigo mismo y con su destino es la tensión previa de la lucha, el olor del linimento, el palpitar en la sienes, el plexo solar que se revuelve inquieto y animal. El aplauso del público cuando la hostia dada o recibida queda perfectamente coreografiada. La complicidad con los colegas, la ducha reparadora, la satisfacción de quien sólo sabe hacer una cosa en la vida, pero la ejecuta con la maestría de un veterano.
    Qué va hacer, el bueno de Randy, más que luchar y dejarse el cuerpo en las galas, en los apaños, en los revivals de lo viejuno, si su carácter puñetero le ha alejado de la hija que tanto amaba, y ahora ya está solo para siempre, muerto de asco en su caravana de mala muerte, tan bien intencionado como preso de sus defectos. Qué otra cosa le queda ahora que ha sido rechazado por la mujer que podría haberle sacado del abismo, la gogó del local nocturno que nunca se acostará con un cliente, y mucho menos con un cliente como él. Para qué seguir luchando fuera del ring. Para qué fingir ser un hombre que en realidad no se es. No hemos sido enviados a la vida para luchar contra los elementos. Sólo para llevar a término nuestro destino. Y ésa, por sí sola, ya es una tarea hercúlea. Muy jodida. Y muy poco gratificante. 


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