Cine

Acabo de cumplir cuarenta y cinco años. En todo este tiempo han pasado muchas personas por mi vida: seres queridos que se fueron, y amigos del alma que se difuminaron. Una compañera que dijo adiós tras mucho caminar. Un hijo que está a punto de abandonar el nido. Un amor de madurez que lo prometía todo y al final chocó contra los acantilados. Decenas de vecinos, de conocidos, de compañeros de trabajo, con los que una vez conversé, discutí, me descojoné de la risa. Gentes de paso que a veces, todavía, hacen de actores secundarios en mis sueños enrevesados.
    He vivido en varios sitios por motivos de trabajo: en mesetas y montañas, en secanos y humedales. Al final me he quedado aquí, en el valle, a la espera de que llegue la jubilación, o la muerte, la primera que aparezca. No he viajado mucho, esa es la verdad.
    He estado mucho más gordo que ahora, y mucho más flaco también. Una vez soñé con ser escritor; otra con ser crítico de cine. Ahora sueño con no enfermar, y con encontrar el amor de mi otoño destemplado. He vivido épocas sin Copas de Europa y épocas de triunfos gloriosos que me sacaron a la calle a dar gritos como un chimpancé vestido con camiseta. Esto es lo que hay.
    He llevado una vida trivial, de las que hay a millares caminando por las aceras. He reído y he llorado. Me han operado dos veces. He tenido algún orgasmo digno de recordar. A veces me ha embargado la alegría de vivir y me he vuelto loco de contento; otras, como ahora, me pregunto en tono lastimero si esto era todo, y si la biografía puede terminarse mucho antes que la vida.
    Pero remontaré, supongo, como los salmones contra la corriente. Hasta que se acabe el río, o se agoten mis fuerzas. He vivido mil peripecias tontas, y me he cruzado con mil personajes diferentes. Y al final de cada día, desde que tengo memoria, lloviera o escampara, siempre he tenido una película esperándome en el sofá, o en la butaca. El cine es el hilo conductor de mi vida. Jodido o contento, enamorado o abatido, de niño o de mayor, siempre he tenido las películas para esconderme de la tormenta, si venían mal dadas, o para atemperar las ilusiones, cuando la vida sonreía con una insistencia sospechosa. El cine atraviesa todas mi épocas, todas mis gentes, todas mis circunstancias. Cuando todo lo demás se derrumba, o desaparece, o toma otro derrotero, el cine permanece. Cuando la vida ya no sabe a nada, sólo a ceniza y a remordimientos, el cine obra el milagro diario de la resurrección. Es cierto que uno está cada vez menos vivo, pero está. Y eso es gracias al cine. Él es mi asidero, mi escondrijo, mi caja de cartón. Mi tabla de salvación. El cine es, literalmente, mi vida. 


1 comentario:

  1. Cine, cine, cine, más cine por favor, que todo en la vida es cine y los sueños, cine son. Como dice Aute. Y por esos recortes de la censura, que tan feliz hicieron a Toto.

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