Primera plana

Todas las mañanas, cuando abro el periódico y me enfado con algún periodista que redacta las noticias con los dedos del culo, me acuerdo de Walter Matthau gritándole a Jack Lemmon en Primera Plana: "¡Nadie lee el segundo párrafo!". Matthau se quejaba de que el nombre de su periódico, el Examiner, no aparecía en las primeras líneas del artículo proclamando ser el único que había dado con la gran  noticia del año y bla bla bla. Yo, por mi parte, me quejo de esos redactores locales que se guardan las cuestiones cruciales para el segundo o el tercer párrafo - el qué, el cómo, el dónde de la noticia- y utilizan el primero para dar rienda suelta a sus ambiciones literarias: "Érase una vez, en la fría mañana del Páramo Leonés, en esa hora tenebrosa del amanecer todavía no consumado...." Paparruchas. Estos tipos, a los que presumo jóvenes, ambiciosos, con ganas de epatar a los lectores, seguramente no vieron en su día Lou Grant, que fue una serie de mucha enjundia sobre el mundo del periodismo. Una verdadera escuela para todos los chavales que entonces vivíamos amorrados a la tele, y que en algún momento entusiástico quisimos ser periodistas gracias al ejemplo de aquellos tipos del Los Angeles Tribune. Unos fulanos y fulanas que se recordaban a sí mismos, a todas horas: "Lo importante va siempre en el primer párrafo".



    En fin. Gilipolleces mías. Asociaciones mentales que me vienen a la cabeza mientras veo Primera Plana y me voy riendo casi en cada diálogo y en cada réplica, en cada ocurrencia y en cada giro argumental.  Porque el guión es de oro, los actores son de leyenda, y Billy Wilder es un tipo vitriólico que no deja títere con cabeza, ni ser humano digno de lástima. Ni periodista del Examiner -o de cualquier otro periódico- con un mínimo de ética o de dignidad. Primera Plana es una película viejuna de rabiosa actualidad. Ahora todo es digital, instantáneo, de mejor calidad, pero las noticias que publicaba el Examiner no se diferencian mucho de las que ahora amanecen en nuestros kioscos. En la prensa sigue habiendo más mentiras que verdades, más exageraciones que exactitudes, más ocultaciones que revelaciones. Y redactores-jefe como el personaje de Walter Matthau que todo lo urden en las sombras, y que también sonríen con esa misma jeta de cínicos recalcitrantes. 



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