Techo y comida

Al poco tiempo de ser designada para el cargo, nuestra subministra del subempleo, la tal Fátima Báñez, a quien le deseo grandes penurias en la vida y grandes penalidades en el averno, dijo que no había que preocuparse gran cosa por el paro. Que donde no llegara la política del Partido Popular, siempre tan combativa y tan eficaz, llegaría la Virgen del Rocío para echar una mano en lo que fuera. O lo que es lo mismo: que ya nos podían ir dando por el culo, que ella estaba allí por el pito pito gorgorito, y que los parados mejor harían en frecuentar las iglesias, siempre tan vacías, que presentarse en la oficina del Inem, siempre tan abarrotada. Que puestos a elegir entre dos milagros, mejor acudir al que menos gente se presentara puesta de rodillas, por aquello de las matemáticas y de las probabilidades.



    En Techo y comida, Rocío -que así se llama la protagonista para más inri- es una mujer desesperada de la vida que ha seguido el sabio consejo de doña Fátima. En su mesilla de noche ha colocado una estampa de la Virgen a la que reza devotamente antes de soñar otra pesadilla. Luego, por las mañanas, camino de sus humillaciones laborales, se detiene en una capilla para rezarle a los ojos de otra Virgen, a ver si allí anida la diosa benefactora que defiende la tal Báñez. Pero pasan los meses, y las facturas, y los impagos del alquiler, y la Virgen María, que es la jefa de todas las subvírgenes locales, no parece conmoverse ante la suerte de Rocío, y de su chaval de ocho años, que juega al fútbol con unas botas rotas y una camiseta descolorida.
    Así las cosas, viendo que la caridad virginal parece congelada por culpa de un bloqueo en el Parlamento Celestial, Rocío decide probar otras suertes. La del latrocinio en los supermercados, y la del siseo en casa de las vecinas, que no terminan dando sus frutos porque siempre hay un segurata que termina echándote el ojo, o un gusanillo de la conciencia que taladra el estómago con los remordimientos. Y más allá, en la suerte definitiva, en la más fantástica de todas, las ayudas públicas que presta el Estado a los parias de la tierra. Un Estado paralizado, en bancarrota, desarmado por las mismas huestes que eligieron a la Fátima para soltar sus sandeces. La ironía definitiva. Firme aquí, y aquí, y póngase a esperar. Que esto va muy lento, la caja está muy vacía, y hay muchas madres solteras en su misma situación. Siéntese y espere unos cuantos meses. Mientras tanto, por probar, y para matar el aburrimiento, puede seguir rezando. 



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