Black Mirror: Playtest

En las conversaciones que mantengo conmigo mismo sobre Black Mirror -pues soy el único habitante en veinte kilómetros a la redonda que parece seguir esta serie, y yo mismo me maravillo o me decepciono con los episodios, y luego vengo aquí a regurgitar mis propias moralejas- ya me extrañaba que Charlie Brooker no hubiese dedicado un capítulo al mundo de los videojuegos, que como dirían David Broncano y sus secuaces de la radio, son vida moderna pura, la avanzadilla de la realidad virtual que tarde o temprano será indistinguible de la vida real, de tal modo que nuestros nietos ya podrán irse de putas o jugar al billar con los amigotes sin tener que levantarse del sofá, sólo con un casco puesto en la cabeza, y la imaginación echada a volar.
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    En el futuro que plantea Black Mirror: Playtest, la industria del videojuego utiliza voluntarios que se dejan mangonear las meninges en pro de la ciencia y del progreso. Tipos como Cooper, el turista americano, que entre flirteos y desayunos post-coitales con británicas de muy buen ver, no tuvo tiempo de sacar el billete de regreso a su país, y ahora se ha quedado colgado en la isla con la tarjeta de crédito inutilizada. Contratiempos de juventud que solventará haciendo de cobaya en un videojuego muy secreto, muy experimental, que diseña un jovenzuelo japonés en una mansión recóndita de la campiña. A Cooper lo seducen, lo lían, le prometen una pasta gansa a cambio de enfrentarse a sus propios miedos, pues en eso consiste el intríngulis del pasatiempo: caminar por los pasillos oscuros y recargados de la mansión como si se tratara de la Casa del Terror en las fiestas de Villaperales del Manzanar, e ir encarando fobias y tirrias, pesadillas y repeluses, que salen directamente del subsconciente. Como Luke Skywalker internándose en el bosque pantanoso del planeta Dagobah...
    Al principio del viaje sólo hay bichos, ruidos extraños, abusones de la infancia... Pero luego la cosa se pone cruda, terrorífica, y Cooper ha de enfrentarse al mayor miedo de todos: parecerse a sus padres, sufrir sus mismas enfermedades, arrastrar las mismas carencias o padecer las mismas limitaciones. Un miedo común, ancestral, inherente a nuestra naturaleza de seres humanos. Nuestros padres son el origen, pero también son, en cierto modo, el destino, y el espejo en el que nos vamos reconociendo. Y envejeciendo. Y eso da, por supuesto, mucho miedo. El tic-tac de los genes. La bomba de relojería.





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