Kiki, el amor se hace

Al cura que nos daba religión en la universidad no le gustaba la expresión "hacer el amor". Él, que impartía una asignatura vacía de contenidos, se entretenía manteniendo charlas doctrinales con nosotros, sus fogosos alumnos, sus fogosas alumnas, que a su parecer íbamos por la vida como vacas sin cencerro. Como Marisa Paredes en La flor de mi secreto. El cura decía que el amor no se hacía: que el amor se daba, se ofrecía, se celebraba. El amor espiritual, claro. Lo otro ni siquiera era amor: sólo un instinto animal, una necesidad biológica que el Señor nos impuso -gozosamente, eso sí- para cumplir el mandato bíblico de multiplicarnos. "Hacer el amor" era, según él, una expresión irrespetuosa, mecanicista, vacía de sentimientos. El amor no se hace como una barra de pan, o como una vasija de barro, decía él muy parabólico. Nosotros, por supuesto, le llevábamos la contraria, y le decíamos que sólo tenía que traducir la expresión al inglés para pillarle el sentido. "Make love" es construir el amor, edificarlo, desde los cimientos del instinto hasta las azoteas del compromiso. En contra de lo que él opinaba, el amor entre un hombre y una mujer -o entre un hombre y un hombre, o entre una mujer y una mujer- se construía desde abajo, desde las entrañas, en tributo a nuestros antepasados del bosque y de la selva, y luego se iba ascendiendo en la escala humana de los valores. Algunos, los más primarios, no pasaban de los cimientos; otros, los más evolucionados, ansiaban tocar las nubes. El cura nos miraba sin entender nada, se rascaba la cabeza y pasaba a otro tema con gesto de rendición. Nos separaban una sotana, dos generaciones y tres experiencias gratificantes.



    He recordado estas conversaciones mientras veía Kiki, el amor se hace, porque sus cinco historias de amor se tambalean por los cimientos del sexo, y son como rascacielos a punto de derrumbarse. Las cinco parejas de la película echan kikis, y "hacen el amor", pero el sexo, más que construir sus afectos, los deconstruye y los dinamita. El jodido cura se cargaría de razones con estos personajes atribulados. Con estas vacas sin cencerro. Pero tate, arcipreste, porque no es desamor todo lo que reluce. Lo que les pasa a estos desgraciados es que el sexo que ellos anhelan, el que ellos sienten como verdadero y estimulante, sigue caminos retorcidos, inusuales, incomprensibles incluso, como la bala mágica que mató a JFK. Ellos, que se creían convencionales, de pronto se descubren heterodoxos y parafílicos, y hasta que no tienen el valor de confesarse, ni la voluntad de confiarse, la cama se vuelve un territorio hostil. Y el sexo, un incidente diplomático que amenaza con declarar la guerra total. Pero Kiki, el amor se hace, es una comedia romántica, no lo olvidemos, y nuestro cura -que dudo mucho que se haya asomado por esta simpática indecencia- saldría otra vez escaldado de la confrontación, vacío y contrariado.



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