El novato

El libro que cambió mi perspectiva de la función paterna es El mito de la educación, de Judith Rich Harris. Judith es una psicóloga americana que ingresó muy tarde en los círculos más respetables, y eso le dio gran libertad para seguir caminos no trillados, pistas que otros psicólogos más acomodados hubieran desechado por heterodoxas. La teoría de Judith Harris, que yo acepté nada más leerla porque encajaba perfectamente en mis propias intuiciones, es que los padres influimos muy poco, o casi nada, en la personalidad de nuestros hijos. Que ésta viene dada en un cincuenta por ciento por los genes, y que la otra mitad se moldea entre el grupo de iguales, allá en el colegio, en el parque del barrio, en el campo de fútbol. El ambiente influye, sí, pero sólo en el entorno de amigos y compañeros. Lo que los padres decimos, aconsejamos, exhortamos, les entra por un oído y les sale por el otro. Básicamente. La teoría es antiintuitiva, difícil de masticar, y yo mismo la traiciono en alguno de mis comportamientos. Pero creo, sinceramente, que esto es lo que hay.



    Algo deben de saber también, o de sospechar, los responsables de la película El novato. El director y sus guionistas nos cuentan las andanzas de Benoît, un muchacho de provincias que aterriza en un instituto parisino donde el patio ya tiene asignados sus roles y sus grupos. Sólo en la primera escena conocemos a los padres de Benoît, que conversan con él plácidamente a la hora del desayuno. A partir de ahí, el chaval está solo en su lucha ganarse un lugar en el ecosistema. En el clásico recorrido del novato pardillo, Benoît se juntará con la pandilla más gamberra, se enamorará de la chica más solicitada, y se aliará finalmente con el lumpen más marginal del sociograma. En El novato sólo hay chicos y chicas que se cruzan y se acechan. Que se respetan o que se acosan. Ni siquiera los profesores tienen un papel dramático en la película: simplemente están ahí, al fondo de las aulas, al final de los pasillos, asistiendo en silencio a la soterrada refriega por hacerse un buen nombre, y ganarse un espacio. No hay adultos que valgan en estos arreglos. Uno está solo, combate con sus propias armas, y del éxito o del fracaso en estas misiones dependerá que la vida, poco a poco, nos vaya colocando en nuestro sitio.



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