American Crime. Temporada 2

Si la primera temporada de American Crime giraba alrededor del racismo, esta segunda da vueltas en el mundo soterrado de los institutos. Luego hay subtemas, satélites de conflicto que orbitan junto a los planetas principales, y todos juntos, en celeste armonía, pero en terrible pesimismo, conforman el sistema solar de la sociedad americana. Uno, españolito de a pie, habitante de un villorrio donde los adolescentes no llevan armas, los yonquis no fuman crack en las esquinas, y el racismo es una excrecencia que sólo profieren dos tarados del lugar, asiste al espectáculo de American Crime con cierta distancia, interesado, pero no implicado. Atento, pero no conmovido. Los americanos nos interesan, nos fascinan incluso, porque siendo nuestros amos nos reconocemos muy distintos, casi antagónicos, y no terminamos de entender cómo han podido colonizarnos de esta manera, colarse en nuestros hogares sin casi pegar un tiro, el más cercano en Normandía, sólo con la fuerza irresistible de sus producciones para la pantalla.



    Sólo hay un conflicto en American Crime que es igual de problemático en ambas orillas del Atlántico. Tan universal que incluso uno se siente apelado personalmente, y forzado a reflexionar sobre su propia experiencia. Uno sospecha que los guionistas de American Crime han usado todo lo demás como mcguffins, y que lo que a ellos les interesa, en realidad, es hablar de la relación entre padres e hijos. Que en estas ficciones casi siempre es malsana y conflictiva. Éste es el cuerpo calloso que une los dos hemisferios de la serie. En cualquier subtrama de American Crime hay un padre o una madre que no quiere reconocer los defectos de su hijo, y eso que muchas veces son palmarios, y delictivos. Reconocer tamaña imperfección es un acto de voluntad suprema que está al alcance de muy pocos progenitores. Reconocer que uno ha tirado años de educación por la borda, que los genes, o las malas compañías, finalmente han ganado la partida, y que parte de esa imperfección ya venía inscrita en el propio óvulo o en el propio espermatozoide, es una prueba muy dura que sólo los dioses más crueles se atreven a proponer. Y los personajes de American Crime se enfrentan a ella continuamente, y entre el deseo y la realidad estallan luchas brutales que los desgarran por dentro hasta destrozarlos.



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