Heat

Uno tenía el recuerdo de que Heat era una película plena de acción, trepidante y violenta. Pero sólo lo es a ratos. Policías y ladrones salen temprano a trabajar, se intercambian varios tiroteos muy profesionales -que diría el entrañable Pazos en Airbag- y cuando regresan a casa se encuentran una parienta enfurecida que les afea el mucho tiempo que pasan fuera del hogar, y el poco rato que les dedican a la vera del sofá. Las mujeres de Heat parecen muy sofisticadas porque son norteamericanas que siempre van vestidas de fiesta en su propia casa, y además son hermosas de caerse para atrás y no levantarse del suelo. Pero en realidad, si les pusieras una bata de boatiné y un rodillo de amasar en las manos, no serían muy distintas de aquellas ibéricas que en los cómics de Bruguera, o en las películas tardofranquistas, esperaban al marido con el gesto torcido y la bronca preparada.



    Los maridos de Heat, que llegan a casa deshechos del tute que se pegan, a veces con la ropa ensangrentada y el susto todavía en el cuerpo, les explican con suma paciencia que su trabajo no conoce horarios ni días festivos. "Perdona, cariño, pero se nos enredó el atraco en el banco", o "Tuve que perseguir a esos cabrones hasta la frontera de Nevada", y cosas así. Lo normal sería celebrar que el tipo vuelve vivo, sin heridas, con la alegría de haber esquivado la muerte varias veces en el día. Un polvazo de estremecida pasión sería el cierre lógico a tan bonito reencuentro. Pero en Heat, tal vez porque Michael Mann tiene un ramalazo misógino que carga las tintas y deforma los raciocinios, las mujeres se ponen muy farrucas, muy desafiantes, cuando el marido llega a las tantas con pocas ganas de explicar su jornada laboral, y en escenas cargadas de tensión y de odio que ríete tú del famoso tiroteo a la puerta del banco, les sueltan unas barbaridades que los dejan clavados en el sitio, incomprendidos y deshechos.
    En la famosa escena en la que Al Pacino y Robert de Niro se ven las caras en la cafetería, ellos, detective y ladrón, perseguidor y perseguido, no pierden el tiempo hablando de sus oficios contrapuestos, que mayormente ya conocen. La chicha de la conversación se les va en hablar de mujeres: de cuánto las quieren, de cuánto les exigen, de qué poco les comprenden. La triste confesión de dos tipos condenados a matarse que, durante diez minutos de tregua, se reconocen cofrades de la misma fatalidad.



    Por esa misma época de Heat, en Seinfeld, Cosmo Kramer le advertía a su vecino Jerry del yugo que supone el matrimonio cuando llega la hora de cenar:





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