Celda 211

Si no fuera por los inquilinos que allí moran, que lo mismo te enculan que te meten en la droga o te enredan en trapicheos, no se estaría tan mal viviendo en la cárcel, a resguardo del mundo y sus vicisitudes. Pero te toca un Malamadre como el de Celda 211 y se jodió lo que se daba: que si desnúdate, que si cárgate a tal fulano, que si vamos a iniciar una revuelta y a darnos de hostias con los Geos... Un sin vivir que sólo puede terminar en la vejación o en el porrazo en la cabeza.



    La cárcel, sin estas malas gentes que suelen habitarla, sería un retiro espiritual sin monjes ni crucifijos. Un ora et labora laico con horarios estrictos y costumbres disciplinadas. En la cárcel puedes aprender un oficio, estudiar una carrera, perseverar en el hábito de la lectura. Moldear tus músculos en el gimnasio, si ése es tu rollo con las mujeres. Puedes comer las verduras y las hortalizas que llevabas años evitando como un irresponsable de la dietética. Regresar al billar, al futbolín, a los dardos, que eran los juegos añorados de tu juventud. Conocer gente distinta, peculiar, con aventuras y anécdotas que jamás habías escuchado ni imaginado. Y si el miedo es no follar, que llegue el vis a vis y no haya nadie con quien recostarse en el camastro, los cuarentones de carnes fofas y cabellos retraídos ya estamos curados de tales espantos, y de tanto aplazar y posponer nos hemos convertido en auténticos tuaregs del desierto sexual. A nosotros, con las sequías...



    El problema es que para entrar en la cárcel hay que delinquir, y uno no tiene estómago ni vocación. Uno, por desgracia, porque salió así y sus padres lo educaron con esmero, es un ciudadano ejemplar que paga sus impuestos, no trafica con drogas y no hace negocios lucrativos con el Partido Popular. La cárcel está vetada para las buenas personas, y eso es un poco injusto. Tendría que haber celdas reservadas a gentes que no son peligrosas para la sociedad, pero que se han vuelto peligrosas para sí mismas. Que ya no encuentran la rutina, el sosiego, la jornada estructurada. Que empiezan el día, horas después lo terminan, y entre medias sólo encuentran tiempo derrochado y vicios adquiridos. Que andan por su vida como vacas sin cencerro, y necesitan un retiro pensado para el ganado: alambre de espino para no escapar, verde pasto para alimentarse con verdura, y algún paseico por los montes para meditar sobre el ser y la nada.



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