Café Society

Las películas de Woody Allen son fiestas de guardar para sus devotos feligreses. Aunque hace muchos años que no celebramos una obra maestra con cánticos y alabanzas, nosotros, que tenemos mucho que agradecerle a nuestro santo, acudimos fieles a la cita con su película anual. Ya no esperamos que Woody Allen nos regale una película distinta, deslumbrante, porque nuestro amigo, la verdad, se nos ha vuelto un poco cebolleta, y camina ensimismado por su laberinto de recuerdos y batallitas. Otros ancianos como Billy Wilder o como Alfred Hitchcock, que siguieron rodando películas con la muerte rondando sus talones, se dejaron llevar por el humor vitriólico, por la visión negra, y nos regalaron películas crepusculares que rezumaban cinismo y mala hostia. Pero Woody Allen, que jamás fue dado a tales excesos, se ha convertido en un señor muy amable, nostálgico, que se ríe de la estupidez humana sólo a cuentagotas, para que el público no olvide que él también, en sus tiempos, era un esgrimista de temer cuando sacaba el sable y lanzaba la estocada.



    Yo, la verdad, en estos últimos ramalazos de su carrera, hubiese preferido a un Woody Allen más cascarrabias, más malhumorado. Un misántropo al que reír las maldades y aplaudir las filosofías. Café Society es una película bonita, bien rodada, amable con sus personajes, que habla sobre la imposibilidad del amor en los tiempos del Gran Gatsby. Hay mucho lujo en la producción, mucho color pastel en la fotografía. Diálogos muy bien escritos que recitan actores solventes con los jetos adecuados. Hay, además, una actriz hermosérrima que a mí me vuelve loco de remate, sobre todo si tengo la suerte de escucharla con su voz original, porque Kristen Stewart, cuando aparece en pantalla, pero sobre todo cuando habla, aprieta un resorte muy recóndito de mis deseos que no puede detallarse en este blog autorizado para todos los públicos. Café Society tiene todos los ingredientes para gustarme, para seducirme incluso, pero algo falla en última instancia. Un déjà vu, un hastío, una cansinidad. Demasiada bonhomía para mi agrado. Yo, que soy de los que nunca negó tres veces a Woody Allen antes de que cantara el gallo, quiero entusiasmarme con su película y no puedo. Quiero aplaudir y me quedo a medio gesto. Quiero escribir una crónica amable y me sale esta queja que espero no se malentienda. Porque Woody Allen -como ya he dicho varias veces en estos escritos, que también son archisabidos y repetitivos, el paseo improductivo por mis propios laberintos- es, más que un cineasta al que adoré, y un humorista al que celebré, un maestro del que he aprendido valiosas lecciones que me dejaron igual que estaba, pero un poco más sabio y más lúcido, si se me permite la inmodestia.  



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