Alta fidelidad

En los tiempos analógicos -que ya son casi los tiempos de Maricastaña- cuando uno sentía el amor a flor de piel pero la vergüenza de confesarlo era mucha, se puso muy de moda, para los tímidos de la pradera, para los románticos de la causa perdida, presentar las credenciales en forma de cinta de casete. "Te presto esta cinta para que la escuches. Son cuatro tonterías que me gustan. Ya me dirás qué te parece...", y uno, en aquella carcasa de plástico, simulando un acto trivial e inocente, entregaba su corazón abierto en una urna, para que la buena doctora supiera leer los sentimientos que allí sangraban y palpitaban.



  En aquellas casetes que comprábamos TDK o BASF para que el amor no sonara distorsionado, y no se perdieran los matices del arrobamiento, uno, que dejaba las cintas Continente para sus músicas particulares, grababa canciones que venían a expresar lo mismo que uno sentía, pero con palabras mejor escogidas, sin lenguas que se trabaran, con músicas molonas que atrapasen la atención. A fin de cuentas, para eso se inventaron hace siglos los juglares y los poetas. Para explicarnos refinadamente. Uno se tomaba un respiro en la tarde de estudio, se sentaba frente al equipo de música con doble pletina, y pasaba horas escudriñándose a sí mismo en las letras del pop o del rock, buscando una descripción acertada, a ser posible que le dejara a uno en buen lugar, rellenito de virtudes. Uno dudaba, borraba, regrababa, y al final, con las dos caras de treinta minutos apuradas casi hasta el final, el resultado jamás era satisfactorio del todo. Había tanto donde elegir, y eran tan confusos los propios sentimientos...



    Así es como anda, aunque ya treintañero talludito, el personaje de John Cusack en Alta fidelidad, que es una película de este siglo pero muy ochentera en realidad. Repantigado en el sofá, dirigiéndose al espectador que sigue con regocijado interés sus desventuras, Cusack elige cinco canciones para el fracaso amoroso, cinco canciones para el amor correspondido, cinco canciones para confesarse ya del todo ante su amor de madurez, que le ha perdonado los pecadillos de juventud y ha regresado al calor del piso compartido. Siempre hay cinco canciones que nos ahorran el esfuerzo de un desahogo. La redacción farragosa de nuestro alma atribulada. Cinco canciones para describir el estado de ánimo de turno. Tengo que buscar, cuando termine este artículo, cinco canciones que describan esta sensación mortificante de sentirme un completo gilipollas, que me dura ya demasiado tiempo. Un fucking asshole, concretamente, como el bueno de Cusack en la película.



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