Las ibéricas F.C.

El otro día, en la terraza del bar, a la altura de la cuarta o quinta cerveza, mi amigo y yo concluimos que cualquier película española de los tiempos pretéritos, por mala que fuese, ya tenía el valor incuestionable de lo documental. Las mayores mierdas del franquismo o del destape habían adquirido la dignidad de lo antiguo, la respetabilidad de las viejas señoras. Concluimos que si poníamos el canal de cine español a cualquier hora, allá en  la televisión de pago, nos quedaríamos pegados a la pantalla con cualquier película que pasaran. Si había suerte y tocaba una de Berlanga o de Bardem, porque nos pondríamos en plan intelectual, misóginos, o marxistas, según nos fuera indicando el guión; si tocaba una de Pajares y Esteso, o de Paco Martínez Soria, porque nos saldría la risa casi sin querer, superados ya los complejos que nos amargaron la cinéfila juventud; y si tocaba, más seguramente, una mierda de españolitos persiguiendo suecas, o de currantes sobreviviendo al desarrollismo económico, porque nos podría la curiosidad de las calles pretéritas, de los coches descatalogados, de los usos sociales que dictaron el comportamiento de nuestros padres.



    La otra tarde, fritos los sesos por el calor empecinado, me dio por comprobar la teoría y puse el canal de cine español al terminar la etapa de la Vuelta. Anunciaban el pase inminente de Las ibéricas F.C., una película del año 71 en la que, para mi sorpresa, aparecían nombres como José Sacristán, o Antonio Ferrandis, o el mismísimo Fernando Fernán-Gómez, que le otorgaban una pátina de respetabilidad al asunto. Lo que finalmente ocurrió con Las ibéricas F.C. todavía es objeto de debate en la universidad de mis contradicciones. Porque la película, en efecto, tiene un valor documental inestimable, casi de museo antropológico: una sandez indescriptible sobre once gachís -todas ellas saladísimas menos una- que se empecinan en jugar el fútbol (es un decir) a pesar de que sus maridos y sus novios les niegan el permiso con grandes voces y anatemas, y hasta amenazan con soltarles un buen par de hostias falangistas si persisten en el empeño. Pero ellas, liberadas del tardofranquismo, inspiradas en las mujeres europeas que ya tomaban las playas del Levante como los americanos Normandía, persiguen su sueño con el ahínco terco de las soñadoras, y salen al campo con todo el muslamen al aire, y las tetas rebotando, y las poses calculadas, mientras en la grada los espectadores masculinos desorbitan los ojos y silban piropos y sueltan chistes muy sofisticados del tipo "¡Vaya delantera que tienen las ibéricas", o "Esas piernas no las tiene ni Di Stéfano", y cosas así, que eran de mucho reír por aquella época. Y mientras tanto, en el banquillo, haciendo de fisioterapeuta, José Sacristán babea como un tonto mientras masajea los muslos de las señoritas y musita todo el rato: "Me estoy poniendo las botas, las botas...". En fin: ya digo que Las ibéricas F.C. es el retrato casposo de toda una mentalidad, de toda una sociedad incluso. Un 10 como una casa, en ese aspecto. El problema, para validar nuestra teoría cinematográfica, es que dudo mucho que esta mierda sin parangón, inefable para quien no la haya visto, tres pisos por debajo de lo pésimo o de lo vergonzoso, llegue a la categoría de película. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com