La ciudad no es para mí, parte 2

La ciudad no es para mí, en mi casa, era una fiesta cinéfila de guardar. Una celebración anual como los improperios al Rey en su mensaje de Nochebuena, o el viaje a la playa de Gijón a mediados de agosto, a pasar nuestro único día de estipendio veraniego.
    A mis padres les encantaba la película, y siempre que la anunciaban en el TP hacían todo lo posible por verla, porque entonces, aunque ahora nos parezca mentira, no había vídeos en los hogares pobres, ni multidifusiones en los canales de pago inexistentes. Mi padre se descojonaba de risa con las catetadas de Paco Martínez Soria, sobre todo cuando agarraba el porrón de vino, o cuando decía aquello de los "malacatones", que en mi casa, después de aquello, nadie volvió a decir jamás melocotones con corrección, por hacer la gracia perpetua, y todavía hoy, con cuarenta y cuatro años, voy a comprarlos al Mercadona y me sorprendo de verlo escrito con propiedad, porque siempre pienso durante una décima de segundo: "¿Pero no eran malacatones?"



    Mi madre, por su parte, celebraba con mucha carcajada el momento en el que Gracita Morales, la chacha de los señoritos, decía aquello de "Tanto Luchi, tanto Luchi... ¡y se llama Luciana!", en referencia a su ama, que se daba el pisto de madrileña sofisticada y al final resultaba ser una aldeana del Bajo Aragón que había emigrado a la gran ciudad para ganarse las perricas. Nosotros, en León, también teníamos una tía que se llamaba Luciana, y que iba por la vida anunciándose como Luchi, cómo dándose importancia,  y como siempre le tuvimos un poquitín de tirria, y un pelín de envidia, aprovechábamos a la Luchi de la película para descojonarnos de ella en efigie, como inquisidores sin el reo presente.



    Y luego estaba yo, claro, que veía la película en mi rincón del sofá, riéndome con las simpáticas gilipolleces de Paco Martínez Soria, que era como un abuelete ideal que prodigaba lecciones morales y billetes de cien pesetas, que el nuestro ni lo uno ni lo otro. Yo por entonces no entendía el trasfondo moral de la película, que es una cantinela con más caspa que la boina de don Agustín. Con su cara de bobo y sus aires de merluzo, Agustín Valverde era un agente muy listo del Vaticano que había aterrizado en Madrid para imponer la decencia matrimonial entre tanta adúltera rijosa y tanta pendona sin conciencia. Un moralista insoportable que amenazaba con soltarle un bofetón a cualquier pecador que lo contradijera. Un ibérico machista, analfabeto, patriarcal, de derechas como Dios manda, al que quiero coger manía y no lo consigo, por más que lo intento, por más que me concentro, porque mis recuerdos de la infancia pesan más que mis ideas de hombre mayor. 




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