Hedwig and the Angry Inch

En Hedwig and the Angry Inch, Hedwig es un rockero transexual que está de gira por Estados Unidos, tocando en garitos de mala muerte con su grupo. Aunque no sacan ni para pipas, y son frecuentemente abucheados por los espectadores, que esperaban un recital country y se encuentran un torbellino sexual que canta guarradas y mariconeces, Hedwig y sus muchachos no se rinden, porque ellos tienen cosas que comunicarle al mundo, dudas y esperanzas. Y porque a ellos, además, no les mueve gran cosa el dinero, sino perseguir ciudad por ciudad, para joderle la marrana, al cantante conocido como Tommy Gnosis, que es un antiguo discípulo que les robó las canciones y ahora gana la pasta gansa en macroconciertos y especiales para la MTV.



    Este es, grosso modo, el musical que John Cameron Mitchell compuso para los teatros neoyorquinos, y que poco después adaptó para la gran pantalla. Hedwig and the Angry Inch, que es una película extraña y libérrima, una especie de Cabaret pasado por el turmix de la estética glam, se convirtió en un film de culto entre los transexuales y los transgéneros, porque allí se habla con mucho lirismo de sus inquietudes, y entre los amantes del rock en general, porque la banda sonora es ciertamente pegadiza y sugerente.



    Hedwig, que salió mal parado de su operación, y despojado del pene no encontró la vagina que él esperaba, sino un resto de carne informe, asexual, que es el "angry inch" del título, es un hombre-mujer que no termina de aceptarse. Atrapado en una identidad sexual que no existe en los libros, que parece una maldición de los dioses o una burla del destino, en sus canciones desgarradas le canta al amor que no llega, o que llega pero finalmente se arrepiente, porque él, el pobre Hedwig, llegado el momento crucial, no puede ofrecer más que una sutura mal cerrada. Que Hedwig and the Angry Inch traspasara los ámbitos del cine marginal y llegara a un público más amplio, y finalmente a este blog de provincias, tiene que ver con que todos, de algún modo, sentimos la tristeza de Hedwig como propia. Nadie es completamente funcional. En alguna parte del cuerpo o de la psicología todos estamos mal operados, mal reconstruidos, y salimos al mundo disimulando una tara que nos avergüenza. La alopecia, la tartamudez, el micropene; la neurosis, la impulsividad, ciertos gustos musicales. Del mismo modo que Hedwig sale al escenario con pantalones que no dejan adivinar, todos salimos a la calle con remiendos que no dejan entrever. Hedwig es un hombre imperfecto que lamenta su mal, y que ve muy lejano su remedio, y en eso es un icono universal. Aunque lleve pelucas estrafalarias, y cante con una mala hostia que da gusto.



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