El infiltrado

Tengo que reconocer, para indignación de los seriéfilos más refinados, que los dos primeros episodios de El infiltrado los vi descolocado, sin creerme del todo lo que acontencía ante mis ojos. No tuve la tentación de desertar, eso no, porque la factura de la serie es impecable, y sus títulos de crédito, que van transformando las máquinas de matar en objetos de lujo millonario, son un ejercicio fascinante que no se puede desdeñar así como así. Y no es que la trama me pareciera inverosímil, forzada, que lo es, porque uno ya viene a estas historias con la lección aprendida, y la incredulidad suspendida, y si la cosa no chirría mucho -y John le Carré es en eso bastante fiable- uno casi puede tragarse cualquier cosa que venga bien envuelta.



    Lo que a mí me pasaba con El infiltrado no era eso. Lo primero es que Hugh Laurie sigue siendo el doctor House donde quiera que vaya, y aunque el tipo es un actor de primera, y se curra las caras de perverso y los gestos de malote, uno tarda en asumirle como el mayor hijoputa del mercado negro armamentístico. Eso sí: cuando por fin te olvidas del lupus y del Vicodín, Laurie, que siempre tuvo algo turbio en el entrecejo, lo mismo diagnosticando cánceres en House que clavando puñales en Veep, resulta un psicópata altamente convincente, y enfrentas los últimos capítulos diciéndote que por qué no, que el tío da el pego estupendamente, y que además tiene ese toque british que convierte cualquier situación violenta en un té con pastas muy civilizado.



    Pero lo que más me despistaba de El infiltrado, lo que más me alejaba de sus idas y venidas, de sus tramas y venganzas, era la aparición en pantalla de ese sueño erótico hecho realidad llamado Elizabeth Debicki, una actriz tan longilínea y vertiginosa que sólo de mirarla uno se abisma, y se pierde por el camino, y los diálogos sustanciales sobre los espías que acechan y los malos que trafican se pierden en un ruido de fondo que ya nos trae sin cuidado, prendados de sus andares de pantera rubia. Uno venía a ver una serie de espías y de pronto se encuentra con la mente nublada, y la atención secuestrada, y los bajos instintos campando por sus respetos, como si Lebicki les hubiera abierto la jaula donde yo los guardaba silenciosos y modositos.  Pero uno, por fortuna para estos asuntos, se va haciendo mayor y perezoso, y con el paso de los episodios empieza a superar esta tensión sexual ingobernable, y vuelve a tomar las riendas para mantener cada deseo impetuoso en su sitio: el ardor sexual en la retaguardia, esperando su turno; y el interés dramático al frente, en primera línea de fuego. Y desde ahí, y ya hasta el final de El infiltrado, todo muy recto y entretenido. 



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