Cabaret

Hace dos semanas, en las fiestas de la Virgen, para compensar tanta pureza y tanta mojigatería del populacho, llegó a esta ciudad de provincias un cabaret de Madrid que se anunciaba en los carteles con señoritas de muy buen ver. Unos porque van más calientes que el palo de un churrero, y otros porque nos habíamos quedado sin fútbol el fin de semana, el caso es que la carpa se llenó de gentes ávidas de cachondeo. Sin embargo, lo que allí nos vendieron nos dejó más bien fríos. Demasiado dinero para contemplar una polla fugaz, dos tetas con pezoneras y un culo de espectador fofo que sacaron al escenario para montar un numerito. Los chistes, supuestamente picantes, ya no eran graciosos en mis últimos años de EGB. Dobles sentidos sobre "esta noche voy a comerme un pepino", o "mañana voy a desayunar una zanahoria" que sólo celebraban alborozados los espectadores del IMSERSO, que perdían las dentaduras y las gafas entre las risotadas, mientras sus señoras, con pinta de no haberse comido una polla en su vida, se reían como comadrejas escandalizadas. Los demás nos reíamos por lo bajini, para justificar el precio de la entrada, mientras nos preguntábamos qué hacíamos allí, en pleno siglo XXI, ahora que gracias a internet puedes ver desnudos integrales a cualquier hora, y acceder a chistes brillantes de mentes muy perversas. El cabaret, o al menos el cabaret que nosotros vimos aquel día, es una reliquia cultural que ya no tiene cabida en la modernidad.



    Eso sí: en el cabaret moderno, como en el Cabaret de Bob Fosse, siguen lanzándoles chinitas a los políticos y a los potentados, y eso siempre es muy de agradecer. No es un mitin de los comunistas precisamente, pero se compensa con el despechugue generoso de las artistas. Te descojonabas viendo algunas caras entre los espectadores, desencajadas ante tamaña ignominia. Allí había mucho votante de derechas que había hecho pellas de la iglesia, o que había decidido ir luego para confesar los pecados cometidos bajo la carpa.
    Ochenta años después del Berlín prefascista, la cosa de las clases sociales no ha cambiado gran cosa. Lo que pasa es que ahora las masas son serviles, y medio idiotas, y los empresarios ya no necesitan que un partido nazi, o falangista, o camisa negra, venga a poner a orden a mamporro limpio. Los comunistas ya somos una reliquia que atrae mucho al turista norteamericano, y los sindicalistas hace mucho que se vendieron al capital por un bocadillo de jamón y una noche de hotel. El muchacho ario que en Cabaret canta Tomorrow belongs to me en la cervecería de Berlín, ahora es un pijo de Nuevas Generaciones que en el bar de Malasaña tararea el himno del PP.



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