Avatar

Avatar, en el fondo, despojada de lirismos y de arborescencias, es la historia de un pobre tullido, excombatiente de alguna guerra patriótica, al que ya no le hacen caso las mujeres de su pueblo, allá en Wisconsin. Nuestro héroe, como un vecino que yo tengo, que se fue a las selvas del Caribe a encontrar el amor de su vida, se embarca en una misión espacial cuyo destino es Pandora, un planeta cuyas frondosidades se parecen mucho a las de Cuba, o a las de la República Dominicana. En Pandora, según cuentan los hombres que han regresado de allí, y según atestiguan los reportajes fotográficos del National Geographic, viven unas jatazas de mucha impresión, altísimas, atléticas, esbeltas, prácticamente desnudas en su hábitat natural. Antropomórficas hasta resultar casi atractivas. E inocentes, en grado sumo, porque ellas no conocen la maldad ni el engaño, y son como aquellas polinesias, melanesias y micronesias que recibían a la tripulación del capitán Cook con los brazos abiertos, y se prestaban al intercambio amoroso a cambio de unas baratijas fabricadas en Southampton.



    Las pandoreñas tienen muchos pros sexuales, pero también algunas contras evidentes. Está, en primer lugar, que tienen rabo, ostensible, aunque éste, afortunadamente, les cuelgue por detrás y no por delante, lo que corta de raíz confusiones muy problemáticas, y chistes muy propicios del cuñado. El rabo, además, es un apéndice muy sensible de las pandoreñas, prácticamente una terminal nerviosa que ellas utilizan para comunicarse con la naturaleza, y si se le pone un poco de imaginación humana al asunto, puede resultar un juguete sexual de primera categoría, en varios usos y circunstancias que Avatar, por ser una película para todos los públicos, prefiere obviar y mantener en secreto.



    Sucede, también, que el sol de Pandora, cuando cae sobre las pieles de sus criaturas, no las tiñe del color bronceado que resulta tan sexy para el homo sapiens, sino de un color azul-pitufo que a muchos hombres les da como repelús, como asco de sustancia química. Nuestro hombre, por fortuna, no padece de estos remilgos coloristas, que además le parecen colindantes con el racismo, y es consciente, además, de que en las noches de Pandora, como en las noches de la Tierra, todas las gatas son pardas cuando llega la pasión. Lo que le tiene más mosca es el asunto del idioma, porque él, en la highschool de su pueblo, estudió varios cursos de español para irse algún día de farra a México, a vivir la vida loca, pero ahora estas sabidurías no le sirven de nada, porque las pandoreñas no dicen "mi amol", ni "mi amorsote", sólo palabras guturales que por supuesto no proceden del tronco indoeuropeo, sino de alguna civilización extraterrestre que llegó a Pandora mucho antes que los humanos. Pero el lenguaje tampoco va a detener a nuestro romántico héroe, porque Sigourney Weaver, antes de lanzarlo a la selva, ya le ha enseñado el vocabulario básico del cortejo, y con eso es suficiente para que Neytiri, en una primera impresión, quede fascinada por el nuevo na'vi aparecido en la selva. Uno muy tímido, muy torpe, aunque encantador en grado sumo, que se comporta como si su cuerpo estuviera en un sitio y su mente en otro muy distinto...



1 comentario:

  1. Esta apreciación de la película está claro que sólo la podía hacer un ser que como las Pandoreñas comparten apéndice , y tenéis el don de ver lo que otras no somos capaces, porque lo que es a mí, me parece una mierda de película en su máxima extensión, así que no soy capaz de ver ni el erotismo en ella, pero bueno seguro que esto se debe también a que ando de liana en liana debido a que no bajó de la Parra.

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