Stranger Things (y 2)

De pronto, como si todos los articulistas culturales se hubieran puesto de acuerdo -tal vez porque en agosto todos ellos son becarios que están en el ajo y en el rollo- Stranger Things se ha convertido en la serie del verano, ahora que el desembarco de Daenerys Targaryen se ha pospuesto para la próxima canícula, y que somos cuatro desgraciados los que seguimos viendo series en la televisión, mientras la España normalizada vegeta en las playas, abreva en los chiringuitos y empalma las siestas con las cenas. Haces revista de prensa antes de ponerte escribir -para robar tres o cuatro ideas que sirvan de guión a este compromiso diario- y descubres que hasta en los diarios de provincias, algunas muy alejadas de Madrid, se habla y se conjetura sobre Stranger Things, que no sé qué pensarán de ella los paisanos de la boina y del palillo, mientras se toman el chato y rechupan la aceituna. A estos les hablas de Alien, o de E.T., y sin conocerlos de nada sólo piensan en darles un estacazo si algún día aterrizaran sobre los sembrados.



    Insufrible, el culebrón de la política, y descafeinada, la inminente cita olímpica, con Stranger Things, uno, si sabe dar con la gente adecuada -cosa que en mi caso no es tan fácil, en este Garrulostown que sólo sabe de lechugas y de McLarens- puede rellenar horas y horas de nostálgica conversación con otros cuarentones entregados a la causa, que si fíjate en este guiño o si mira cómo se ha puesto de chupada y de histriónica Winona Ryder, que la niña al principio parecía más jamona y más mosquita muerta. Sólo con el tema del mundo paralelo y sombrío ya podríamos debatir hasta las tantas, medio bolingas ya de cervezas y de aperitivos, hablando del reverso tenebroso de nuestra propia realidad, que son las pesadillas que nos acucian ya casi cada noche, en las que también hablamos con los seres queridos que ya se fueron, o con los que siguen estando, aunque allí atrapados, como en Stranger Things, les oigamos como lejanos, como apagados, y tampoco podamos tocarlos.




    Daría para mucho, Stranger Things, sentados en una buena terraza de verano. Incluso para buscarle los tres pies al gato, con tanto argumento de ciencia-ficción y tanta paradoja del campo electromagnético. Aunque aquí, ojo, hay que ir con mucho cuidado, porque el gato de Stranger Things iba ser como el gato de Schrödinger, que mientras no abrías la caja estaba vivo y muerto al mismo tiempo. Y si a las tantas de la madrugada tiramos por ahí, por los derroteros inextricables de la mecánica cuántica, y de la dualidad onda-partícula de los fotones, ya podemos despedirnos del sueño reparador. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com