Mistress America

En los primeros tiempos del cristianismo, la lista de pecados capitales incluía también la tristeza, que se consideraba un desdén por el mundo, una abdicación de los regalos del Señor, hasta que un papa gregoriano decidió que la tristeza sólo era una forma más de pereza, un desánimo que incapacitaba para la acción, y dejó la lista cerrada en siete. Desde entonces, mucho se ha hablado de incluir un octavo pecado capital que estuviera a la altura, y lo mismo los sabios en sus doctos mamotretos, que los legos en sus tontas tertulias, quien más quien menos ha postulado un gran vicio que mereciera codearse con los siete ya consagrados.



    Uno, en particular, siempre ha pensado que el candidato ideal es el prejuicio. El juicio superficial que hacemos sobre la persona que acabamos de conocer, y que por esos misterios de la bioquímica neuronal se nos queda grabado a fuego. No es maldad, ni mezquindad: sucede, simplemente, que las conexiones neuronales, una vez prefijadas, son muy costosas de desmontar, y son como carreteras fallidas que necesitan un gran presupuesto para ser repensadas. El prejuicio es un asunto económico, más que malicioso. Y muy poco consistente, además, porque a veces, porque las casualidades existen, o porque fulano deja pocos resquicios para el equívoco, el prejuicio coincide con la realidad, y nos vanagloriamos de nuestra perspicacia, de nuestro mundo recorrido, pero por una vez que acertamos - o nos aciertan- erramos -o nos yerran- otras diez.



    De eso va, supongo, del prejuicio personal, del mal conocerse las personas en Nueva York, o en cualquier otro sitio, la última charada de Noah Baumbach, que es un cineasta al que había prometido no volver a frecuentar hasta que descubrí que en Mistress America trabajaba Lola Kirke, y la lujuria, que es un pecado capital con muchos siglos de prosapia, reconocida por papas y plebeyos, por monjas y rockeros, me empujó a pecar de nuevo. La película, hay que reconocerlo, es sumamente entretenida, y aunque su leitmotiv es confuso y disperso -o yo no tengo altura intelectual para diseccionarlo-, he pasado la tarde entre la belleza de Lola Kirke (que es mucha e inaprensible) y la enjundia de algunas reflexiones que se dicen en el guion, y que Noah Baumbach pone en boca de tipos que parecen estúpidos, o de tipas que parecen medio bobas, no sé si para jugar justamente a los prejuicios, o si para reírse de sus sentencias, o si para descojonarse directamente de nosotros, los espectadores, que tratamos de analizar en vano la situación.



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