Esperando al rey

La tecnología de la galaxia muy lejana ha llegado por fin a la Tierra. Aquel holograma de la princesa Leia pidiendo ayuda a Obi-Wan Kenobi ya no es ciencia-ficción en Esperando al rey, la película con la que se inaugura este gozoso tiempo de la no-canícula, aunque eso sólo sea cierto en la Wikipedia, y en el calendario zaragozano, porque el sol de estas comarcas sigue impasible en lo alto, sociópata perdido, acuchillando con sus rayos a cualquiera que pise la calle o se asome a la ventana.




    De desiertos arenosos ha ido precisamente el día, porque si el holograma de la princesa Leia veía la luz en Tattooine, que era un planeta de dunas infinitas y oasis muy distantes, Tom Hanks, en Esperando al rey, ha de vender su tecnología  al mismísimo rey de Arabia Saudí, en las arenas insondables donde los petrodólares construyen una ciudad futurista salida de la nada. El personaje de Tom Hanks ha despertado en mí una simpatía inmediata, una identificación contra todo pronóstico, porque él es un alto ejecutivo que negocia contratos millonarios, mientras que uno recibe sueldos menguados enseñando a hacer oes con los canutos. Pero Alan, como en un espejo que de pronto ha sustituido la pantalla del televisor, también está madurito, fondón, decaído. También tiene pesadillas que le alteran el sueño y le hacen ir todo el día como alucinado, como gilipollas perdido. También le persiguen los recuerdos de las malas decisiones, de los caminos torcidos, de las vergüenzas sin solución. Si el destino laboral le ha llevado a un país extraño que no acaba de entender, con costumbres medievales y gentes inescrutables, a mí el  periplo pedagógico me trajo a una comarca que sigue pareciéndome ajena y provisional, con su clima tropical, sus asuntos agropecuarios, su gozoso aislamiento del mundo moderno, del que las gentes sólo han tomado los todoterrenos y las motos de alta cilindrada. Alan, que anda tan lost in traslation como el pobre Bill Murray en Tokio, presiente que está en una encrucijada vital y definitiva: a un lado la decadencia, el sinsabor, la enfermedad. El apagamiento.  Al otro lado, una segunda oportunidad para tomar oxígeno y revivir. Quizá un empujón laboral que lo redima de los viejos fracasos, si la venta de los hologramas llegara a buen término. Quizá el amor, quién sabe, del que también anda tan escarmentado y tan necesitado, porque el amor, que es una semilla tan inaprensible como caprichosa,  germina donde uno menos se lo espera. Incluso entre las dunas del desierto. 



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