El libro negro

He tenido la inmensa fortuna de haber nacido mucho después de los hermanos Lumiére, y de haber conocido a las mujeres más bellas del mundo gracias a su invento. O tal vez se trate de una desgracia, este natalicio mío, porque si bien es cierto que uno agradece la hermosura en los fotogramas, y así entretiene las noches y alimenta los sueños, también es verdad que uno acaba viviendo en un mundo irreal, imposible, donde cualquier mujer que asoma el rostro o suelta una frase provoca el deseo sexual instantáneo. La vida pedestre que aguarda más allá de la ventana es muy diferente. En el mundo real reinamos los feos, y las feas, y sólo de vez en cuando, como excepción, jamás como regla, uno se topa con alguna hermosura que rasga el velo de la realidad.



    Uno, por ejemplo, jamás hubiera conocido a Carice van Houten de no ser por el cine, porque qué iba uno a pintar en Holanda, sin saber inglés, ni neerlandés, sin impulsos estudiantiles ni razones comerciales. Ella hubiera existido sin yo conocerla, y mi vida hubiera sido menos excitante. Antes de hechizarnos con sus brujerías de Melisandre en Juego de Tronos, Carice van Houten había triunfado en una película tardía de Paul Verhoeven, de cuando el holandés se retiró a su tierra natal cansado ya de los negocios de Hollywood, pero con las cuentas bancarias muy saneadas. En El libro negro, la hermosérrima Carice es una mujer judía que sobrevive a la persecución de los nazis, allá por las ciudades y los campos de Holanda. Las exigencias del guión le obligan a teñirse el cabello cada dos por tres, del moreno al rubio, del pelirrojo al platino, y uno no sabría decir con qué color está Carice más hermosa. Otras exigencias del guión, tan propias de Paul Verhoeven, le obligan a despelotarse con suma frecuencia para seducir a nazis malvados o enamorar a miembros de la Resistencia, según convenga. La película, esforzada pero grandilocuente, no sería gran cosa si no fuera porque Carice  van Houten sale en casi todos sus fotogramas, y entre que el pelo siempre es distinto, la ropa también, y su sonrisa varía según las circunstancias, su presencia multiplicada es como un milagro de los panes y los peces, y uno se queda medio bobo en cada una de sus apariciones.




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