Dos hombres y un destino



La amistad, después del odio, es el sentimiento más puro que existe. El amor, tan ensalzado por el vulgo, sólo es una engañifa de los genes, una alteración hormonal elevada a categoría de arrebato por los poetas y los juglares. Y por los cineastas, en los últimos siglos. Uno, por supuesto, se ha enamorado varias veces en la vida, de mujeres que al menos en ese rapto parecían llamadas a otorgar la felicidad. Y espero volver a enamorarme, de aquí a que llegue el invierno, porque falsario o estúpido, el amor es un síntoma inequívoco de que uno sigue vivo, y de que las carnes aún gritan su correcto metabolismo. Pero el amor es eso, como dijo Severo Ochoa: una exaltación bioquímica. Nada más. Una alienación en el sentido más marxista de la palabra: porque en el amor uno ya no es uno, sino el obrero al servicio de sus genes, que lo llevan y lo traen como a un pelele sin voluntad, explotándole las plusvalías.



    En el amor uno no se reconoce, y además se parece demasiado a una enfermedad para ser un sentimiento puro y estimable. Hay fiebres, dolores, palpitaciones... Odiando, en cambio, uno se siente fuerte, preclaro, decidido. Si en el amor uno iba aturdido y alelado por las calles, persiguiendo mariposas como un imbécil, en el odio uno nota lo sentidos afilados, el yo reafirmado, la fuerza de la naturaleza recorriendo las venas. Es un sentimiento muy auténtico, el odio, pero también muy jodido, de consecuencias imprevisibles y funestas, que sólo sirve de estrategia evolutiva en casos muy contados.



    Así pues, para levantar las copas y celebrar verdaderamente un sentimiento, sólo nos queda la amistad, que es una querencia noble y desinteresada, que no viene determinada por la sangre ni por los cromosomas, sino por la simple voluntad, libre y inviolada. Un apego que se cuece a fuego lento para formar vínculos de hierro. Es por eso que a mí me gustan mucho las películas de amigos, y no tanto las de amor, que aunque me embaucan me dejan mal poso, ni las de venganzas, que aunque me entretienen me sacan las vergüenzas morales. Y de películas de amigos, de tipos que están a las duras y a las maduras incluso en los peores momentos, tengo en la mayor estima a Dos hombres y un destino. Una película que no es drama ni comedia, que no es western ni crepúsculo; que si atendemos a las entrevistas que vienen en el DVD, es una cosa rara que ni sus responsables supieron muy bien cómo abordar al principio, y cómo definir al final. Ni el propio William Goldman, que escribió el guión en un arrebato de creatividad, sabe explicarse muy bien. Luego su guión tuvo la suerte de dar con el director adecuado, Roy Hill, y con los jetos adecuados, los de Redford y Newman, que tan hermosos pero tan profesionales, tan griegos del clasicismo pero tan gringos del cuatrerismo, nos dejaron cien guiños para el recuerdo.



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