Langosta

En el mundo distópico de Langosta, los solteros y los divorciados son unos apestados sociales perseguidos por la ley. Si las fuerzas del orden te descubren caminando sólo por las calles, o deambulando sin compañía por los centros comerciales, rápidamente caen sobre ti para pedirte el certificado de arrejuntamiento. Si no lo tienes, o no lo llevas encima, te conducen a un hotel de cinco estrellas enclavado en la campiña, lejos de la ciudad y de las miradas curiosas. Los reclusos, en este disimulado campo de concentración, son tratados con exquisita educación, a cuerpo de rey, pero también son advertidos de que si en el plazo de unas pocas semanas no encuentran pareja entre los otros huéspedes, se verán sometidos a una operación de cambio de especie, de la que saldrán convertidos en un animal de su elección. El tunante del protagonista, que parece algo gilí, pero que en el fondo es un fulano bastante despierto, dejará escrito en el impreso de admisión que él, en caso de tal, desea ser transmutado en langosta, porque esos bichos tienen sangre azul como los aristócratas, viven más cien años y nunca pierden el impulso sexual. "Y además me gusta mucho el mar", remata.



    La situación no parece muy desesperada, la verdad. Sólo hay que deambular unos cuantos días por las zonas de esparcimiento para encontrar una pareja aceptable, resignada, con la que pactar un amor de compromiso y librarse así del estigma social, y de la operación de los huevos. Pero cómo estará el percal, y cómo será la fauna, que pasan las semanas y los presos y las presas sólo se acechan en la distancia, recelosos, como alumnos adolescentes en la fiesta del instituto. El miedo de caer en la mesa de operaciones no es tan poderoso como el terror a volver a equivocarse de pareja. A volver a fracasar en los asuntos del amor, que dejan cicatrices interiores que no se ven, pero que son igual de horrendas que los costurones de la piel.



    Este hotel de Langosta, en realidad, es muy parecido al mundo virtual de Meetic en el que llevo varios meses penando. Muchos cuarentones hemos llegado aquí con la esperanza de encontrar un amor de segunda mano en el que por fin confiarnos y descansar. De lo contrario, estamos condenados a la tristeza, y a la soledad. El tiempo vuela, tic-tac, tic-tac, y los mercaderes de Meetic, además, exigen pagos cada seis meses para seguir alimentando los sueños. Los miembros del Lonely Hearts Club vivimos tan apremiados como esos pobres desgraciados de la película, pero son muy pocas, hasta el momento, en este valle de Invernalia, las mujeres que parecen haberse dado cuenta de tal circunstancia. La mayoría juega, tontea, pasa el rato; la minoría, por su lado, pone exigencias de Leticia Ortiz Rocasolano para arriba, y uno ya no sabe si partirse de la risa o si llorar de la pena. Dentro de unos años, las mujeres juguetonas van camino de convertirse en hienas de sonrisa congelada, y las aristócratas, en pingüinas envaradas y ridículas. Yo, por mi parte, cuando me abandone la última esperanza, ya he expresado mi deseo de ser transformado en gorrión. Vivir en el árbol, sobrevolar a los humanos, y esperar con alegría la llegada del invierno. 




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