Juego de Tronos 6x08

Los que siguen estos escritos ya conocen sobradamente a Max, mi antropoide interior. Max vive en un pequeño jardín selvático que tengo en mis entrañas, donde se entretiene con un columpio de neumático y unas cajas vacías de bananas. El pobre ya nació en cautividad, enjaulado en mis tejidos, y con el tiempo se ha ido acostumbrando a seguir mi ritmo de vida. Durante el día se entretiene con sus cosas, o duerme plácidamente. Sus trasteos y sus ronquidos son el rumor sordo que acompaña toda mi jornada. Pero por la noche, desperezado y alerta, sube un periscopio para asomarse a mis ojos y ver juntos la película. Es ahí, en el sofá de todas las noches, donde hemos cimentado una amistad que va camino de ser vitalicia. Y eso que muchas veces no coincidimos en el gusto, porque yo intento refinar mis apetencias, humanizarme los instintos, mientras que Max, tan primario, sólo espera con impaciencia que llegue el momento de los despelotes, o de las violencias desatadas.




    Es por eso que Max y yo, en Juego de Tronos, hemos encontrado la conjunción perfecta de nuestros apetitos. Cuando las conversaciones derivan hacia la política de Maquiavelo o hacia la trascendencia de los apellidos, yo pongo en alerta los oídos mientras Max refunfuña y me toca los cojones por lo bajini. "A ver cuándo acaba esto". Pero tarde o temprano llega el desnudo lascivo, o la muerte sangrienta, y Max, con regocijo de macaco, regresa a la vida selvática que el pobre nunca vivió, donde todo consiste en chingar con la vecina y darse de hostias con el extraño que se acerca.




    Ya digo que nuestra amistad tiene pinta de ser eterna, pero la sexta temporada de Juego de Tronos la está poniendo a prueba como ninguna otra. Ni yo he vuelto a encontrar la sabiduría en este Tyrion Lannister que siempre sale borracho, ni Max, el pobre, se ha topado con un mal desnudo en el que recrearse. El puritanismo de los septones ha caído como un manto de pudor negro sobre los Siete Reinos. Son malos tiempos para la lírica, y para el sexo, y para mi paciencia de espectador, que lleva ocho semanas soportando los malos humores de Max, que se pasea impaciente por allí abajo y me distrae la atención de los regios asuntos. Menos mal que hoy, en el octavo episodio de la temporada que ya parece el octavo siglo del bostezo, a falta de las batallas venideras y de los desnudos censurados,  El Perro ha desenterrado el hacha de guerra para hacer de las suyas con los malandrines. Y La Montaña, con esas manos osunas, ha vuelto a despedazar a un majadero como sólo él sabe, de cuajo, como soñaba Bud Spencer con sus malosos y nunca le dejaron hacer en sus comedias. Gracias a estas sanguinolencias salvajes que a mí ni me van ni me vienen, Max ha vuelto a encontrar el regocijo en Juego de Tronos, y se ha quedado quietecito atisbando por el periscopio. Gracias a su satisfacción, y a su silencio, casi me he quedado dormido mientras Arya Stark seguía rebotando por las calles de Braavos como un gato con siete vidas. Creo que al final se escapa, o la vuelven a herir, ya no sé. 



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