En la cuerda floja

Nunca tuve la intención primera de ver En la cuerda floja cuando la estrenaron en el viejo Canal +. Ni su director, James Mangold, había firmado jamás una película estimable, ni la historia que contaba, la caída y auge de Johnny Cash, era un asunto por el que yo sintiera excesiva preocupación. En este valle del norte ibérico vivo muy lejos del country, del gospel, del rockabilly. Los respeto, por supuesto, pero no forman parte de mi educación sentimental. Ni de los ritmos de mi cuerpo. Y más lejos, todavía, vivo de los biopics que los americanos tratan de endilgarnos dos o tres veces al año, esas biografías del "self-made man" que vienen a decirnos, como predica doña Esperanza, que los pobres y los fracasados lo somos porque queremos. Por no haberlo intentado, ni haber puesto el par de huevos necesarios. Cuánta inmundicia ideológica. Cuánta justificación del abuso.



    Sin embargo, en aquella extraña tarde de verano, tan parecida a esta otra achicharrada de hoy mismo, me quedé enganchado a la película porque descubrí a Joaquin Phoenix haciendo de Johnny Cash. Y el señor Joaquin, en esta cinefilia mía, siempre es una fiesta de guardar. Phoenix es un tipo de registros oscuros, inquietantes, capaz de dar miedo o de inspirar ternura según cómo arquee la ceja, o cómo extravíe la mirada. Un fulano portentoso. Sólo por él aguanté los primeros minutos de En la cuerda floja, tentado a partes a iguales de perseverar o de dimitir. Hasta que apareció ella, Reese Witherspoon, la mujer con el mentón de los Habsburgo, y con la cara de los ángeles. La anglosajona del color imposible en el cabello, y de  la tonalidad inconcebible en los ojos. Y entonces ya no tuve dudas de continuar, y mi fe en la película se vio altamente recompensada por los dioses de la cinefilia, porque Joaquin Phoenix y Reese Witherspoon destilan química, entendimiento, compenetración, y la última escena de la película, ésa en la que Johnny Cash le pide matrimonio a June Carter en plena actuación, todavía es capaz de conmoverme y de arrancarme un par de lagrimitas vergonzosas. Porque estos actores lo hacen muy bien, qué hijos de puta, y porque uno, cuarentón tontorrón y romántico, todavía tiene su corazoncito muy sensible.



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