Corazón silencioso

Todavía recuerdo al presidente Zapatero acudiendo al estreno de Mar Adentro en plena efervescencia del "no nos falles", y del "dales caña", diciendo a los reporteros que él estaba allí para apoyar al cine español, pero sonriendo con picardía a los fotógrafos para confesar al mismo tiempo su mentirijilla, porque todos sabíamos que el tipo simpatizaba con la causa, y que la película de Amenábar estaba llamada a remover conciencias, y a replantear legislaciones.
    En los días posteriores se habló mucho de la eutanasia, y por momentos parecía que íbamos a igualarnos a los holandeses, y a los belgas, que iban muy adelantados en esas sociologías. Los curas -a los que todos vigilábamos por el rabillo del ojo, y por el lóbulo del oído- callaban, esperaban, olisqueaban el momento propicio para salir de la madriguera, como la marmota Phil de Punxsutawney. Y por fin, a los pocos días, salieron en rueda de prensa para decir que anatema, y que naranjas de la china, y que fogatas del infierno. Y el presidente dejó de sonreír, y llamó a consultas a los analistas políticos para escuchar que el centro católico estaba perdido si daba un paso adelante. Y que mejor disimular, y ponerse a silbar, y decir que Mar adentro era una maja película y nada más.



    Recuerdo todo esto porque yo pensaba, antes de ver la película de hoy, Corazón silencioso, que en la Dinamarca tantas veces alabada estaban más avanzados en estos trances del morirse antes de tiempo. Pero se ve que no, que en esto aún vamos de la mano como europeos de segunda, porque esta familia que apoya a la abuela en su decisión de morir camina clandestina por la casa de campo, urdiendo coartadas para la ambulancia que descubra el cadáver, y para la policía que haga las pesquisas. La abuela Esther está a un solo paso de la parálisis, de la respiración asistida, del dolor insoportable, y antes de convertirse en un guiñapo ha decidido que sus hijas y sus yernos, su marido y su amiga del alma, la acompañen en las últimas horas. Algunos se arrepienten del apoyo prometido, otros se mantienen firmes en la decisión, y aprovechando que hay bronca y discusión todos sacan a relucir los reproches que suelen almacenar las familias. Lo habitual, vamos, cuando la misma sangre ha de compartir habitaciones durante varias horas. Por muy daneses que sean. 



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