Convicto

La cárcel, como hostal de dos estrellas pagado por el Estado, no es en principio un mal lugar para vivir. Hay gente que a este lado del muro lo pasa mucho peor. En la cárcel tienes horarios regulares, calor en invierno, refresco en verano. Dispones de biblioteca, de cancha deportiva, de sala de juego. Te dan de comer, te enseñan un oficio y te disciplinan los hábitos. Y si encima tu pareja no te ha abandonado, el reglamento te concede un vis a vis con ella cada quince días, que es mucho más de lo que follan la mayoría de los ciudadanos. El problema no es la cárcel en sí -llegados a esa trágica tesitura- sino los carcelarios que viven en ella. La gente que allí se reúne para hacerte la vida imposible si les entras por el ojo izquierdo. Los presos, por lo común, no son peores personas que las que se quedan aquí fuera. Por cada delincuente que traspasa la reja hay otros diez que se descojonan de risa mientras juegan al golf o navegan en el yate. Lo jodido de estar en la cárcel es que no tienes escapatoria si las relaciones se tuercen. Si un psicópata te coge ojeriza, o si un empalmado te acorrala en la ducha. Si estos tipos te calan como un panoli a las primeras de cambio y el abuso se convierte en un rutina matinal como el desayuno o las flexiones.



    Ése es, al menos, el folklore que siempre nos han contado en las películas, y sobre todo en las anglosajonas, que siempre son tan cañeras y exageradas. Y esta película de hoy, Convicto, no iba a ser una excepción. En ella, Eric Love es mozalbete de armas tomar que lo mismo aporrea a los vigilantes que les muerde los huevos o les clava punzones en el cuello. Un salvaje sin parangón que se convierte en la vedette del centro penitenciario. A un tipo así, si los reclusos fueran juiciosos, habría que dejarlo en paz desde el primer día. Nada de tanteos, de provocaciones, de caricias en los baños. Pero los presos de Convicto, que son de una calaña muy retorcida, se sienten desafiados por el chaval. Les va el rollo del macho dominante, y no van a parar hasta poner en su sitio a la estrellita. Y como ellos, menos juiciosos todavía, los terapeutas y los psicólogos de la prisión, que embebidos de teorías ambientalistas se toman el caso como una cuestión de prestigio profesional. Si somos capaces de encauzar a semejante bestia parda, ya tenemos el cielo ganado. Con estos mimbres de tontería y presunción, los rifirrafes de  Convicto terminarán, como no podía ser de otro modo, como el rosario de la aurora. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com