¡Ave, César!

A los hermanos Coen les apetecía rodar una película de los años 50. Pero como tal vez no se decidían por un género en concreto, optaron por tocarlos todos: las nataciones sincronizadas de Esther Williams, los bailes marineros de Gene Kelly, los aires sofisticados de Vincente Minelli, los westerns inverosímiles de serie B, los péplums evangélicos de centuriones arrodillados ante Cristo… Los hermanos Coen, que son unos genios muy sofisticados, y muy coñones, esta vez no han tenido que esforzarse mucho para idear sus parodias, porque aquel cine, visto ahora, ya tiene algo de cómico, de autoparódico, con aquellos decorados imposibles, aquellos colores lisérgicos, aquellos diálogos imposibles que siempre recitaban gentes cultísimas de verbo certero. Un cine que, salvo honrosas excepciones, se pongan como se pongan los críticos con pipa, se nos ha quedado rancio, difícil de masticar, como una mojama cosechada en el año 52. Era el último esplendor de aquellos últimos años del sistema, antes de que llegara el televisor y el cine tuviera que reinventarse, y los estudios que repensarse.




    Para ¡Ave, César!, los hermanos Coen necesitaban un personaje central que cosiera las parodias. Un tipo hiperactivo que persiguiendo un mcguffin fuera visitando los sets y los rodajes. Y encontraron al hombre perfecto en Eddie Mannix, el ejecutivo que en la MGM fue capataz en los rodajes y apagafuegos en las vidas privadas. Josh Brolin borda a este tipo desbordado, malencarado, pero siempre efectivo, que se gana el sueldo lidiando con los caprichos de sus actrices, con las neurosis de sus directores, con los escándalos sexuales de sus estrellas más casquivanas. Un sinvivir que se agrava el día que Baird Whitlock, el centurión que ha de postrarse ante la Cruz en ¡Ave César! –la película dentro de la película- es secuestrado por un peligroso grupo de disidentes de la industria. Los comunistas. Esos comunistas a los que el senador McCarthy ponía cuernos, y Ronald Reagan rabo, y John Wayne tridente, y que en realidad eran cuatro pelagatos infelices, guionistas mal pagados que vestían pantalones de pana y jerseys con coderas. Intelectuales de un mundo mejor que deslizaban contenidos sociales en las películas y luego se reunían en el contubernio de un pub o de una partida de póker para celebrar el gol simbólico que le habían metido al capitalismo. Tipos que como Dalton Trumbo cobraban cuatro duros, conducían utilitarios y jugaban al béisbol con sus hijos en los patios traseros. Gentes de buen vivir, utópicas y quizá algo tontainas, que tampoco escapan al cachete nostálgico de los Coen.  



No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com