United

A falta de mujeres, de millones, con el hijo criado y los amigos dispersos, he vuelto a invertir gran parte de la felicidad en mi equipo de fútbol, que cambia de rostros, y de suertes, y de mercenarios más o menos habilidosos, pero que siempre está ahí, cada fin de semana, y cada miércoles europeo, desde los tiempos de la infancia, como una eucaristía que promete la salvación del tedio y la resurrección de las pasiones, hasta que llega el lunes laboral y vuelves a morirte de asco.



    A todos los así infantilizados nos recorre un sudor frío cuando recordamos la tragedia del Torino en 1949, o la del Manchester United en 1958, y rezamos laicas oraciones para que el avión que lleva nuestras glorias deportivas no se estrelle en un aeropuerto de la Copa de Europa, o se desplome sobre un secarral de la Liga Española. Algunas noches, en la radio deportiva, mi equipo del alma despega hacia Madrid justo cuando me estoy quedando dormido, y en ese momento en el que apago la radio y me abandono al sueño pienso a veces, ya envuelto en neblinas: tal vez mañana, cuando me despierte y ponga la radio otra vez, estos tíos ya no existirán, desparramados en cualquier monte, o sumergidos en cualquier mar. Y a la presentida pena del ser humano que siente y se conduele, se une, con una vocecilla egoísta, la queja del aficionado impaciente, que echa cuentas sobre las semanas o meses que habrán de pasar hasta que el equipo se reconstruya, y vuelva a salir en la tele para ser ensalzado o insultado, según como vaya el resultado.




    United es la TV movie que cuenta la caída y auge del Manchester United tras su accidente aéreo en Munich. De cómo Matt Busby, el entrenador, y Bobby Charlton, la estrella emergente, ambos supervivientes de la catástrofe, hicieron de tripas corazón para devolver al United a la élite del fútbol británico y continental. Una película con mucha lágrima, mucha frase teatral y mucha música insidiosa. La triste constatación, una vez más -con la honrosísima excepción de The Damned United- de que el fútbol y el cine no mezclan bien. Son como dos placeres incompatibles, como dos amantes que no puedes llevarte a la cama al mismo tiempo. Ver fútbol en el cine es como intentar follar mientras comes una hamburguesa. La teoría es cojonuda, pero la práctica es disfuncional. Está visto que los dioses, tan cicateros, nos regalaron los placeres para disfrutarlos de uno en uno, y con anchos paréntesis de por medio. 



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