Sicario

A la filmografía del director Denis Villeneuve llegué, tengo que confesarlo, persiguiendo la imagen desnuda de Marie-Josée Croze, que era, y sigue siendo, una actriz bellísima que yo perseguía por las películas enamorado de sus talentos. La película canadiense que prometía su carnalidad completa se titulaba Maelström, y hace ya tres años que conté en este blog las peripecias de su búsqueda, y las glorias de sus contemplaciones. Luego resultó que la película era muy buena, oscura y retorcida, y apunté el nombre de su director para futuros encuentros que ya habrían de ser más cinéfilos que depravados. Desde entonces, y con la salvedad de aquella ida de olla titulada Enemy, el bueno de Denis nos ha ido entregando películas cada vez mejores, más turbias y complejas, y siempre le estaré eternamente agradecido a la belleza de Marie-Josée Croze por habernos presentado.



    Sicario cuenta las andanzas, muy violentas e ilegales, de un grupo de matones protegidos por EEUU que le hacen la guera sucia al narcotráfico mexicano. Estos tipos, desaseados y barbudos, pero certeros e implacables, pertenecen a la CIA, a la DEA, a los Navy Seals, qué se yo, porque todo es ultrasecretísimo, incluso para el espectador que sigue las operaciones con la atención secuestrada, porque Sicario, con su ritmo, con sus violencias, con sus paisajes hipnóticos, es una película que no te deja pensar en otra cosa, y mira que hay cosas para pensar en una tarde lluviosa de domingo, tan propicia a la melancolía, y al replanteamiento de la vida. El testigo que no recogió la segunda temporada de True Detective, lo ha recogido esta obra maestra de la ambigüedad moral, del bien y del mal enredados en un ovillo inextricable. Sicario ha cambiado los manglares del Mississippi por las fronteras del desierto, pero exhala los mismos aires malsanos, y la misma intención perturbadora. Que Benicio del Toro esté imponente en su doblez, y que Emily Blunt -esa mujer de los rasgos perfectos- esté imponenta en su honradez, ayuda lo suyo a que Sicario ya forme parte del Nuevo Testamento de la cinefilia.



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