Patrimonio Nacional

En La escopeta nacional, los marqueses de Leguineche eran los personajes secundarios que ponían el humor verde, y el erotismo fetichista, asuntos tan del gusto de Berlanga. Al marqués padre, Luis Escobar, que ejercía de anfitrión en la cacería, le importaban un bledo las perdices y los tejemanejes, pues él vivía pendiente de las damiselas que se daban cita en su finca, a ver si alguna se prestaba ser rasurada en sus partes para incrementar su colección de pelos de coño. El marqués hijo, José Luis López Vázquez, era un rijoso que aparecía en cualquier esquina o en cualquier matorral haciéndose una paja mientras espiaba a las misma mujeres, acompañado del inolvidable Luis Ciges, el criado que le alcanzaba los prismáticos o le subía a hombros para ver contemplar mejor el panorama.



    Tal fue el éxito que alcanzaron los marqueses de Leguineche, que Azcona y Berlanga, en la secuela, en lugar de seguir la pista del industrial Jaume Canivell, decidieron escribirles un spin-off que narrara sus tribulaciones y miserias en la villa y corte de Madrid. Del mismo modo que Frasier Crane o Saul Goodman se ganaron el derecho de ser protagonistas absolutos de sus propias historias, los marqueses de Leguineche obtuvieron el privilegio de una película entera para ellos solitos, Patrimonio Nacional. Muerto Franco y restaurado el rey, padre e hijo abandonan su exilio en la sierra para regresar a la capital del reino, a reocupar el palacete de la familia, y a dorarles la píldora a los borbones, a ver si con suerte se reinstaura una monarquía como la del Imperio Austrohúngaro, con sus bailes cortesanos, sus recepciones oficiales y sus besamanos para gente exclusiva de sangre azul. Anacrónicos y ridículos, los Leguineche sufrirán el ninguneo de la realeza, que no quiere ni recibirlos, y la opresión de la democracia, que no les perdonará el pago de impuestos por mucho apellido rimbombante que presenten en los documentos. Marginados y olvidados, los Leguineche tendrán que aguzar el ingenio para sobrevivir. Tendrán que ponerse a trabajar, finalmente, tras varios siglos de exención por nobleza acreditada. Pero claro: lo harán a su modo, sin dar ni golpe, con esa maña para no sudar que sólo tienen los aristócratas, y los funcionarios de rancio abolengo. 


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