Nacional III

Esta misma mañana, en la radio bendecida por Dios, un locutor de mucho gracejo se lamentaba de que las hordas rojas se hubieran coaligado para las próximas elecciones generales, como si Atila y Gengis Kan hubieran juntado sus ejércitos en los Pirineos. Este señor, a pesar de su dilatada trayectoria, y de sus informadas amistades, aún no ha comprendido que la izquierda nunca podrá ganar en este país, y que si ganara, por el mero hecho de hacerlo, se diluiría automáticamente en una versión muy light y descafeinada, traicionada desde dentro, y amenazada desde fuera. Aún así, por si acaso, el locutor arengaba a sus oyentes para que evangelizaran a amigos y parientes, que siempre hay un memo en cada tertulia, y en cada familia. Luego -pero esto ya lo decía con la boca pequeña, y usando lenguajes figurados- animaba a las gentes con dinero a desinvertir en el país, en caso de tal, y justificaba que buscaran refugio en  países donde hay otra laxitud fiscal, y los buenos gobernantes son más comprensivos con el emprendedor.




    Horas después, en mi televisor, como si hubieran escuchado los consejos del locutor a través del espacio-tiempo, los marqueses de Leguineche, al fracasar el golpe de estado de  Tejero, decidían que había llegado su hora de abandonar España. Con los socialistas de Alfonso Guerra a punto de tocar el poder, y con el venerado rey borbón haciendo caso omiso de las advertencias, los Leguineche venden su palacio de Madrid, trincan la herencia de la nuera jamonera y urden cómo sacar un maletín lleno de billetes y joyas por la frontera francesa. Por aquel entonces no existían los billetes de 500 euros, ni las transferencias bancarias encriptadas, y la evasión de capitales era un delito que hacía mucho bulto, y levantaba muchas sospechas. Azcona y Berlanga, una vez más, creían estar haciendo comedia y esperpento cuando en realidad sólo estaban rodando una tragicomedia basada en hechos reales. Y anticipándose a los tiempos. No mucho después de que Luis Escobar y José Luis Vázquez se subieran al tren de Lourdes, familias de rancio abolengo empezaron a cruzar la frontera de Andorra con una frecuencia sospechosa, cargadas de billetes en fajos disimulados, en un sainete de idas y venidas que no se diferencia gran cosa de Nacional III, que es un descojono absoluto de rabiosa actualidad.


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